MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA LA ESPECIE HUMANA
(Para
salvar al individuo hay que salvar a la humanidad)
INTRODUCCIÓN
Este es el segundo texto que
escribo sobre una misma temática ("Manifiesto DEMUN", Editorial Dossoles, 2015): la necesidad de hacer un llamamiento mundial
para evitar la extinción de nuestra especie, la única que representa la vida
consciente en este planeta.
¿A quién podemos apelar para
un empeño tan decisivo y ambicioso?
No se me ocurre otra entidad que la conciencia
universal, eso que llamamos de manera imprecisa “el sentido común”, la lógica,
la inteligencia, la capacidad racional de analizar la realidad y prever
acontecimientos; capacidad que es una característica de nuestra especie en
todas sus variedades genéticas,
etnográficas y culturales. Es una apelación pues a la conciencia universal de
la humanidad para crear y coordinar las acciones necesarias frente una amenaza global.
Es un movimiento de la razón como paso previo a la acción.
Interrogantes clave:
En este texto se procura dar respuesta a una
serie de interrogantes fundamentales a la vez que se incide en señalar las
medidas concretas para actuar antes de que sea demasiado tarde. Se ha procurado
aligerar la exposición no cargándola con
una información que está al alcance de todos los que puedan leerlo. Estos
interrogantes son los siguientes:
-¿Esta nuestra especie
seriamente amenazada?
-¿Cuál es la principal
amenaza?
-¿Sirve para algo la
consciencia?
-¿Hay soluciones?
-Y nosotros ¿Qué podemos hacer?
Las condiciones para estar
interesados por este texto son básicamente dos:
A) Haber
tomado conciencia de que nuestra supervivencia como individuos y como especie está
seriamente amenazada por el actual modelo económico y social.
B) Pensar que es posible todavía una reacción
colectiva suficiente para evitar esa amenaza.
Es evidente que una reacción de este tipo nos haría mejores y
probablemente más felices y su triunfo significaría un gran salto en la
historia de la cultura humana y una gran esperanza para las generaciones del
futuro. Muchas personas estamos
convencidas de que aún más que un gran salto tecnológico necesitamos un gran
salto moral y cultural: pasar de la sociedad consumista, egoísta y competitiva,
domonada por una elite económica insaciable, a la sociedad pacífica,
democrática y cooperativa que necesitamos imperiosamente para abordar los retos
de la humanidad en el presente siglo.
Hay naturalmente hay otras condiciones anexas:
Hay naturalmente hay otras condiciones anexas:
-
No estar afectado por
creencias fanáticas que obnubilan la mente y nos aíslan de los que no comparten
nuestras ideas.
-
Admitir el criterio
científico como el más objetivo, eficaz y universalizador, pues así como la
democracia es sin duda el menos malo de los sistemas políticos la ciencia es el
mejor de los métodos humanos de conocimiento.
-
Tener un mínimo de
esperanza, fe o creencia racional en las posibilidades del ser humano para superarse,
reaccionar y construir alternativas mediante la racionalidad, el diálogo y la
activación de los buenos sentimientos.
Supongo que, descontando a
los fanáticos de cualquier tipo de creencia, a los que dan más autoridad a los
mitos, tópicos y lugares comunes que a
los conocimientos científicos y a los que han abandonado toda esperanza por
comodidad, desidia o interés, todavía deben quedar muchas personas que aúnen la consciencia con un sentimiento de
esperanza, benevolencia y coherencia moral. A estas es en realidad a quienes me
dirijo; a este universo al que yo llamo
la humanidad consciente y solidaria, y que es mi verdadera y única patria.
¿ESTA NUESTRA ESPECIE SERIAMENTE AMENAZADA?
Para toda persona normal,
medianamente informada y no cegada por los fanatismos o por los intereses
negacionistas la respuesta es
rotundamente sí.
Ciertamente el ser humano ha
vivido siempre en peligro; no solo su existencia individual debe soportar
distintas amenazas sino también su existencia colectiva y grupal como familia,
etnia, nación, civilización…precisamente estas instituciones tratan de conjurar
la precariedad de nuestra existencia personal.
Además de a los desastres y desafíos naturales
los seres humanos hemos tenido que enfrentarnos a otros desastres y desafíos
engendrados por nosotros mismos, por nuestros modos y técnicas de vida y por la
competencia y lucha entre los distintos colectivos humanos. Así pues, nuestra
gran capacidad de colaboración e incluso sacrificio para con los integrantes de
nuestro colectivo se ha combinado con una no menor capacidad de hostilidad y
violencia frente a otros colectivos humanos. Esta es nuestra historia; una
historia de grandeza y crueldad, de heroísmo y de miseria moral.
Pero hay en esta historia un
elemento nuevo: nuestros antepasados podían acabar con la existencia de
pueblos, naciones o etnias consideradas enemigas, nosotros desde hace ya varias
décadas tenemos la capacidad de exterminarnos a nosotros mismos, de acabar con
la humanidad. (http://www.lainformacion.com/mundo/el-mundo-se-podria-destruir-en-5-minutos-y-otras-verdades-sobre-las-armas-nucleares_XxeK2K7LBJjApmUmvuZy02/)
Los negacionistas, aquellas
personas normalmente asociadas a la propaganda del poder que se dedican a negar
las evidencias sobre los peligros de nuestro sistema económico y social, suelen
hacer hincapié en el hecho de que el armamento nuclear sirvió de disuasión para
evitar una tercera guerra mundial y destacan que en los últimos tiempos los
arsenales atómicos de las principales potencias se han reducido en lugar de
aumentar. Como siempre se “olvidan” de algunos detalles:
-
Como ahora sabemos,
en varios episodios de la Guerra Fría estuvo a punto de desencadenarse un
conflicto nuclear entre las dos principales potencias (EEUU y la URSS)
-
La caída de la
URSS creó serias dudas sobre el control
de parte del armamento nuclear de esta antigua potencia.
-
Países en estado de
alta conflictividad como Israel, Pakistán, la India, Corea del Norte han
accedido a este peligrosísimo armamento.
-
Aunque no ha habido
una tercera guerra mundial los conflictos regionales y locales se han
intensificado (más de un centenar de guerras desde 1945). Además se ha desarrollado
un conflicto global en el mundo islámico y una amenaza terrorista de magnitudes
desconocidas hasta el momento.
Como nadie ignora a estas
alturas (excepto los ignorantes voluntarios o los patológicos) la otra gran
amenaza a nuestra supervivencia viene determinada por las alteraciones
radicales de nuestro hábitat natural: la biosfera. Estas alteraciones pueden
tomar la forma de un brusco cambio climático o un colapso ecológico (en todo
caso lo uno lleva a lo otro).
Los biólogos han calificado
la masiva extinción de especies en los últimos dos siglos y la progresiva
reducción de la biodiversidad como la séptima gran extinción de especies en la
historia biológica de nuestro planeta, solo que esta vez no ha sido causada por
un meteorito, una glaciación o cualquier otro factor natural sino por la
contaminación industrial y el modelo económico productivo consumista:
contaminamos, derrochamos y nos envenenamos. Esto no es una exageración, no es
catastrofismo gratuito, es una evidencia científica puesta de manifiesto por
los organismos competentes de la ONU que estudian la evolución del clima, la
calidad del aire y la disponibilidad de agua potable.(Enlace: contaminación y
pérdida de biodiversidad)
Como todo ser vivo el humano
necesita de aire, agua y nutrientes por ese orden. La atmosfera del planeta
Tierra contiene 42.352.708.673 Km cúbicos de aire, la hidrosfera 1.400 millones de
litros de agua y la superficie cultivable es de 15 millones de kilómetros
cuadrados. A pesar de esto y según la OMS la mayoría de los de los seres humanos respiramos un aire
contaminado y peligroso causante directamente de 3 millones de muertes al año.
El agua potable se esta reduciendo cada vez más (y la población no para de
aumentar). En la actualidad 1.500
millones de personas se ven obligados a servirse de un agua no apta para
el consumo humano. La superficie cultivable se reduce a un ritmo de 100.000 Km
al año. En cuanto a los alimentos, resulta hoy prácticamente imposible
encontrarlos desprovistos de contaminación por metales pesados y otros productos
a consecuencia de la elaboración, almacenamiento y transporte, como nitratos,
microtoxinas, dioxinas, pesticidas, residuos medicamentosos (antibióticos y
hormonas), y residuos plásticos, como la acrilamida. Estos productos dañan la
salud (sobre todo de los menores) y están directamente relacionados con
modalidades de cáncer, problemas respiratorios, alergias y enfermedades
autoinmunes. (Como los antiguos imperios nosotros también sacrificamos niños al
dios del progreso económico de nuestras élites).
Además de los propagandistas
del actual sistema, los negacionistas y demás mercenarios tenemos que contar
también con una gran masa de resignados; son los que se encojen de hombros y
consideran la extinción de nuestra especie como algo inevitable: “¿acaso no
sean extinguido antes de nosotros miles de millones de especies y no lo están
haciendo ahora mismo otras muchas?”. Pero la resignación no es una respuesta,
es la renuncia a buscar respuestas, es una claudicación, una rendición y una
muerte anticipada, pues la vida solo se expresa en la lucha, la búsqueda de
alternativas, la superación de las circunstancias adversas. También puede ser
simplemente una disculpa.
Estamos seriamente
amenazados, hemos provocado en gran medida esa amenaza, pero también podemos
ser conscientes de ella, analizarla, buscar soluciones como hicimos en el
pasado con otros grandes desafíos. Por eso hemos de preguntarnos a continuación
sobre el origen y naturaleza de lo que está pasando y de lo que acontecerá con
toda probabilidad si seguimos por este camino.
¿CUAL ES LA PRINCIPAL
AMENAZA?
La principal amenaza no viene de fuera, no es un asteroide o una nave
espacial repleta de peligrosos alienígenas; tampoco viene de un ciclo natural
de nuestro planeta (un nuevo periodo glaciar, una alteración de los campos
magnéticos…) viene de nuestra propia especie y más concretamente de nuestro
modo de vida, la forma en que utilizamos la tecnología, en que aprovechamos los
recursos naturales, la manera en que producimos, consumimos, intercambiamos y
repartimos la riqueza. Este modo de vida depende a su vez de un hecho
relativamente reciente: la globalización del capitalismo industrial y
financiero. No se trata de una afirmación gratuita o de una consigna ideológica
sino de un hecho histórico indiscutible cuyas características están a la vista
de cualquier ser humano:
-
Todos los sistemas
económicos nacionales, locales o regionales, dependen del flujo de capitales
financieros, los famosos “mercados”, que están dominados por un puñado de
empresas, corporaciones y capitales privados, cuya influencia es decisiva en
las grandes instituciones económicas internacionales (FMI, BM, OMC…)
-
El resto de los factores
económicos (producción agrícola e industrial, comercio y transporte, producción
energética, control de la tecnología y de sus productos…) están condicionados a
su vez por el inmenso poder de las grandes corporaciones industriales,
comerciales y financieras.
-
Todo ello a su vez
determina el control directo o indirecto de los grandes medios de información,
propaganda y entretenimiento, puestos al servicio de una cultura consumista,
individualista y competitiva y sometidos a la dictadura de una ideología, una seudociencia
económica llamada neoliberalismo.
-
Finalmente los
sistemas políticos y las instituciones sociales, tanto de ámbito internacional
como las de las comunidades nacionales, locales y regionales, están sometidos a
los intereses de estas grandes corporaciones que al dominar la economía tienen
una decisiva capacidad de influir en el resto de las decisiones políticas
(legislación, impuestos, política energética y mediombiental, investigación y
desarrollo, servicios sociales, sanidad…)
La historia reciente de Grecia puede servir de ejemplo.
Somos más de 7.000 millones
de habitantes humanos en este planeta; a nadie se le escapa que dejar la
solución de los grandes desafíos de nuestro siglo en manos de unos grupos
privilegiados es no solo estúpido, sino
suicida.
¿SIRVE PARA ALGO LA
CONCIENCIA?
Nuestro modo de vida es
letal. El crecimiento exponencial de nuestra especie en los dos últimos
decenios va asociado a una destrucción de recursos y contaminación del hábitat
natural igualmente exponencial y catastrófica. De mil millones hemos pasado a
siete mil en menos de 200 años. Esta conducta ha llevado a algunos científicos
a calificar a nuestra especie como un verdadero cáncer de la biosfera: un organismo
que crece desordenadamente hasta provocar de destrucción del macroorganismo que
le sustenta. Pero hay dos grandes diferencias en esta comparación: la biosfera
es mucho más poderosa que nosotros y nuestro crecimiento desordenado, podrá
subsistir a nuestra destrucción y a la destrucción de especies que nosotros
hayamos causado, y por otra parte nosotros a diferencia de las células
tumorales tenemos conciencia.
La conciencia es también un
resultado de la evolución natural, más concretamente del proceso de
encefalización de nuestra especie. Nos ha dotado de una gran capacidad de
aprendizaje y una enorme capacidad de acumular los hallazgos y aprendizajes de
las generaciones anteriores. Pensamiento, lenguaje y cultura forman la parte
esencial de nuestra estrategia de supervivencia, son los responsables de la
ciencia, la tecnología, el arte…pero no anulan nuestra parte oscura, el miedo,
el afán de predominio, el autoengaño, el egoísmo, es más, se pueden poner de su
parte. Ahora bien, nosotros podemos decidir: ¿quién queremos que triunfe?
La conciencia ha creado y
desarrollado un mundo interior que nos permite contemplar la realidad de una
manera diferente: podemos reflexionar sobre nuestros actos y sus consecuencias,
podemos planear y prever, podemos anticiparnos, podemos inventar, y hemos utilizado
todo esto para nuestra supervivencia individual y colectiva. La historia de la
humanidad no es solo el recuento de guerras y atrocidades que hemos cometido
contra nosotros mismos y contra el medio natural, también hemos superado
grandes desafíos, hemos elaborado soluciones novedosas frente a los problemas
de nuestra convivencia y de nuestra supervivencia; el mismo sistema que ahora
estamos criticando está asociado a grandes avances sociales, científicos y
tecnológicos; no olvidemos que el capitalismo se desarrolló a partir de dos
grandes revoluciones, una política (la revolución burguesa y liberal) y otra
tecnológica (la revolución industrial). Esas revoluciones supusieron un avance
en muchos aspectos de la vida humana: el gran progreso científico técnico y el
avance y extensión de las ideas democráticas. El hecho de que luego dieran
lugar a nuevas formas de explotación del ser humano (el proletariado, el
colonialismo) no significa que deban anularse esos progresos, sino por el
contrario desarrollarlos al máximo corrigiendo los efectos negativos.
Efectivamente, si algo puede salvarnos es la combinación de una democracia
verdadera y universal con un desarrollo tecnológico puesto al servicio de los
intereses generales de los pobladores humanos.
Hoy la democracia ha sido suplantada por la
hipertrofia del poder económico concentrado en unas pocas manos; ellos han
puesto la tecnología al servicio de una política económica insostenible y de
consecuencias irreparables para las generaciones que han de sucedernos. Pero
esto es una circunstancia histórica, no un destino.
Esta es pues, la buena
noticia: no somos el cáncer de la biosfera, o al menos somos un cáncer con
conciencia y capacidad de automodificarnos. Nuestro modo de vida es letal, pero
no fatal. Podemos cambiar.
¿HAY SOLUCIONES?
Necesitamos cambiar, sabemos
lo que no funciona, pero ¿tenemos la tecnología y los conocimientos suficientes
para hacerlo?
Evidentemente, el desarrollo
tecnológico espoleado por la necesidad puede ofrecernos todavía grandes recursos.
Pero la necesidad es apremiante y además, con los recursos actuales podemos
iniciar ya un giro fundamental en nuestro modelo económico y social sin que
suponga un retroceso en nuestra calidad de vida (a no ser que confundamos
calidad con cantidad). Veamos algunas medidas que se pueden poner ya en marcha:
A.- En el ámbito económico y
ecológico:
Como todo el mundo reconoce
el reto más urgente es evitar el cambio climático producido por un
calentamiento global que está ya en marcha. Para ello hay que acelerar la
sustitución de las energía fósiles por otras ya disponibles (solar, eólica, hidráulica…).
A pesar del consenso mundial sobre esta cuestión plasmado en los acuerdos sobre
el clima desde Kioto hasta Paris, el programa de sustitución se está mostrando
insuficiente y ello obedece a dos factores determinantes: el control y la
influencia de las grandes empresas energéticas que comercializan los
combustibles fósiles y la ausencia de un programa mundial de ahorro y
eficiencia en el consumo, programa que a su vez debiera estar conectado con una
estrategia global en la producción transporte y consumo de los alimentos y de
los productos elaborados.
En el actual estado de cosas
se da la circunstancia de que es el comercio mundial (las grandes empresas que
lo controlan) las que determinan la producción agrícola e industrial (qué, cómo
y dónde se produce). En este esquema las consideraciones ecológicas (¡y no
digamos ya las sociales!) están completamente ausentes. Nadie paga los costes
ecológicos de este sistema, o mejor dicho, lo pagan el medio ambiente y la
salud de los seres humanos. Un solo hecho puede poner de manifiesto esta
situación con absoluta claridad: después de 19 años de conferencias y acuerdos
internacionales sobre cómo detener el cambio climático los combustibles fósiles
no solo han seguido su expansión con técnicas extractivas cada vez más
peligrosas y contaminantes sino que además ¡están siendo subvencionados con
550.000 millones de dólares provenientes de fondos públicos!() ¿Quién nos está
engañando? ¿Quién quiere engañarse a sí mismo?
Así pues la transición
energética que nos prometen no es posible sin un cambio en la orientación de la
política económica a nivel global. Las líneas maestras de ese cambio han sido
ya suficientemente elaboradas: moderar el consumo, penalizando fiscalmente los
consumos de lujo, los menos necesarios y los completamente innecesarios ( por
ejemplo, el abuso del plástico); favorecer y desarrollar la producción agrícola
local, el consumo de productos de cercanía, la repoblación del campo con
criterios ecológicos (utilización de métodos de cultivo alternativo, recuperación
y aprovechamiento de los bosques, cooperativas de producción y consumo…);
repartir más y mejor el trabajo evitando los excesos de la mecanización, los
horarios sobrecargados, la explotación laboral, y desarrollando la formación,
el empleo ecológico y el trabajo social; promover una cultura económica que
revalorice las ventajas de la salud (física y mental), la cohesión social, la
seguridad, el desarrollo personal y el tiempo libre sobre las supuestas satisfacciones
del consumo compulsivo, el hacinamiento anónimo y el aislamiento en la mera
individualidad
.
.
B.- En el ámbito fiscal y
financiero.
Todas las medidas anteriores,
y otras que serán igualmente necesarias, se pueden organizar a partir de un
elemento clave que tiene la capacidad de orientar la vida económica sin
necesidad de complicadas leyes penales: la política fiscal y financiera.
Una de las curiosas
paradojas del actual sistema es que tenemos globalizados todos los aspectos de
la economía menos este justamente; aquí cada Estado, y sobre todo cada gran
potencia, puede disponer libremente sobre medidas monetarias, organización y
legislación bancaria, fiscalidad, subvenciones y tasas. Pero es más, en algún
aspecto crucial de la política fiscal internacional hay algo más que libertad,
hay, en la práctica, una total ausencia de legalidad. Esto sucede con la libre
circulación de capitales hacia los paraísos fiscales por parte de los grandes
capitales y corporaciones, que de esta manera evitan tributar por sus enormes
beneficios. Si la globalización de la economía se presenta como un hecho
irreversible ¿porqué no puede ir acompañada de una regulación monetaria, un
sistema bancario y una fiscalidad mundial? La respuesta a esta pregunta es evidente: no hay un poder
político, ni legislativo, ni ejecutivo, ni judicial, capaz de ponerla en
marcha. Hay, eso sí, el reconocimiento teórico de su necesidad; existe un germen de gobernanza mundial completamente
mediatizado por las grandes potencias y los intereses corporativos. También
existe un germen de legalidad mundial que nadie supervisa, sanciona o defiende.
Existe un tribunal internacional al que solo se le permite actuar contra algún
dirigente político de la periferia caído en desgracia… existe una ficción de
esos poderes que trata de ocultar un vacío, y la humanidad necesita llenar ese
vacío.
C.- En el ámbito político.
Está claro, pues, cual es la
principal necesidad en este ámbito: la constitución de una gobernanza de la
humanidad, un poder ejecutivo, legislativo y judicial de todo el planeta,
dotado de los medios para ejercer su autoridad y poner en marcha esas medidas.
A mucha gente le asusta esta
propuesta; tienen miedo de un poder centralizado de tal categoría y tienen sus
razones para temerlo; pero habrían de considerar dos cosas: primero, que en una
gran medida ese gobierno mundial ya existe, aunque esté en la sombra, actuando
por medio de los organismos económicos
internacionales (FMI, BM, OMC…) y con la protección de las grandes potencias.
Ya sería una ventaja que los que toman decisiones sobre nuestros salarios,
pensiones, recursos naturales, manejo de la tecnología y otras “minucias”
dieran la cara ante todos los pobladores de este planeta. Por otra parte es
evidente que para llevar a cabo una serie de medidas como las propuestas sería
imprescindible un gobierno democrático, blindado contra los grupos de presión,
estrechamente controlado por los ciudadanos y por un sistema judicial neutral y
universal.
Construir una democracia
mundial es un desafío enorme, pero ¿qué otra alternativa hay? ¿la tiranía de
los poderes económicos? ¿la guerra de todos contra todos?
Ciertamente estamos hablando
de una utopía, pero esta utopía no es nueva ni gratuita, responde a una
necesidad real y constituye un anhelo de la conciencia humana desde hace más de
2.500 años.
A veces las grandes ideas necesitan
un tiempo para alcanzar su desarrollo. En el s. V a C. Demócrito formuló la
hipótesis atómica sobre la composición y naturaleza del mundo físico. La
confirmación, avance y superación de sus ideas como sabemos es muy reciente. En
esa misma época los filósofos hablaron de la dignidad del ser humano como
integrante de la” polis”, un hábitat específicamente humano integrado por
ciudadanos que se han dado una ley a sí mismos, que no son súbditos de ninguna
tiranía, que pueden elegir. Los griegos, que habían estado peleando entre
ellos, se unieron cuando vieron su libertad y su misma existencia como pueblo
estuvieron amenazadas por las tiranías del cercano oriente.
La libertad y la existencia
de toda la humanidad están hoy amenazadas por los oligarcas del sistema que han
crecido manipulando los ideales del libre comercio y de la iniciativa
individual. Pero tenemos un motivo de esperanza: como ya señalaron los clásicos
del pensamiento político, el bien común
resulta atractivo cuando el bien particular más inmediato se encuentra en
peligro.
Nuestra especie no podrá sobrevivir sin
alcanzar un doble acuerdo de paz: consigo misma y con la naturaleza. ¿Quién
quiere la guerra?
Y NOSOTROS ¿QUÉ PODEMOS
HACER?
Llevo bastante tiempo
hablando de esto y he observado siempre la misma reacción: me miran como
diciendo: “tienes toda la razón, pero ¿qué podemos hacer?”. He de decir que yo
mismo tampoco he encontrado un banderín de enganche, un lugar desde el que
canalizar estas inquietudes en una acción concreta y colectiva. He buscado algo
así como una internacional de los pueblos que tome el relevo de las
internacionales construidas por los trabajadores explotados en los siglos
pasados y lo más que me encuentro son cositas
parecidas a una ONG.. Mientras tanto me veo obligado a observar que quien
incendia el mundo hoy con el combustible de la decepción y de la injusticia son
fanáticos religiosos que parecen salidos de las barbas de un iracundo dios de
las cavernas. Así pues me enfrento a la más difícil de esta serie de preguntas
que anunciaba al comienzo; y no obstante si ahora retrocedo todo lo que he
escrito no vale ni para limpiarse el culo. Vamos pues a intentarlo: ¿qué podemos hacer?
CREER:
Naturalmente me estoy refiriendo a una fe
racional, filosófica, humana y dialogante. Sin fe no hay acción. Lo que
llamamos nuestra cultura occidental, en estos momentos reducida a la inercia de
un consumismo compulsivo, está en su fase de decadencia (fase que, como
sabemos, precede a su declive). La decadencia es perezosa, egoísta e
irracional; solo ve lo que quiere ver. La gente en occidente sigue consumiendo
los tópicos de la propaganda y el marketing, pero se considera a sí misma muy
inteligente manifestando un cómodo escepticismo y desacreditando a quien
pretende desvelarle la realidad.
La inercia va en contra
nuestra, pero la única manera de corregir una trayectoria equivocada en un
colectivo en marcha es pararse y empezar a caminar en otra dirección;
naturalmente si creemos que esa dirección existe y lleva al meta deseable.
No podemos seguir votando
(encima a los de siempre) y callando, siendo condescendientes con nuestros
dirigentes, socios, amigos o camaradas, fingir que no pasa nada, ocultar la
verdad a nuestros hijos para que no sufran. En definitiva, hay que
HABLAR
El enemigo de la razón es la
incomunicación, su aliado es el diálogo. En occidente una forma sofisticada de
incomunicación consiste en limitar el diálogo a las estrecheces de “lo
políticamente correcto”, de los tópicos y prejuicios del medio social en que
nos encontremos. De esta manera no solo nos incomunicamos nosotros sino que
contribuimos a incomunicar a los distintos grupos entre sí. De nuevo es algo
asociado a la cobardía propia de la decadencia intelectual y cultural. Debemos
dar testimonio de nuestra fe y estar dispuestos a enriquecerla y modificarla
cuantas veces sea necesario. Para ello sería bueno abandonar los tópicos y
ocuparnos de las cosas importantes, dejar los particularismos y hablar de lo
que nos une, lo que necesitamos todos.
La razón no la tiene una
sola persona, la razón se construye en el debate (eso sí, cuando hemos alineado
en la misma dirección nuestros objetivos y nuestros sentimientos). Es el paso
que nos va a permitir utilizar el mejor recurso de nuestra especie:
CREAR
Todavía hay gente que cree
que una revolución, un cambio radical en la sociedad, consiste en el incendio y
destrucción de todo lo anterior y en la ocupación de los resortes del poder por
los propios personajes revolucionarios. Actualmente, los que piensan así son,
junto con los terroristas religiosos y otros fanáticos los mejores aliados del
inmovilismo. Las revoluciones verdaderas, las que han perdurado en el tiempo,
consisten en crear cosas nuevas que son capaces de modificar las conductas y
cambiar las inercias sociales (y como es obvio, ninguna creación humana parte
de cero)
La izquierda surgió en
Europa como un movimiento social y político que pretendía cambiar
sustancialmente la sociedad y más en concreto el sistema capitalista burgués,
por supuesto bajo unos parámetros de justicia social. La derecha a su vez se ha
presentado siempre como un movimiento que pretende preservar un orden social y
un futuro sin sobresaltos. Contemplando ambos proyectos desde la perspectiva de
la actualidad y del futuro que se nos dibuja de inmediato ¿a quién pueden
dejarle satisfecho?
Es curioso y sintomático que
tanto la izquierda dogmática en el poder como el capitalismo imperialista
enfrentados en la guerra fría coincidieran en reprimir brutalmente en sus
respectivas áreas de influencia los intentos de crear sistemas innovadores que
desarrollasen conjuntamente las ventajas del liberalismo político y de una
regulación democrática de la economía al servicio del bien común. Checoslovaquia, Chile, Nicaragua, China entre
otros muchos casos son el ejemplo. Al poder no le gustan las innovaciones.
A la derecha hoy tenemos que decirle que el
mercado y la libre competencia no son el fin, ni el remedio de todos los males,
sino alguno de los medios de una organización económica moderna y global, y a
la izquierda tradicional tenemos que decirle que la democracia no es un medio
para la revolución sino la auténtica revolución. La iniciativa particular y el
libre mercado socialmente regulados en una democracia planetaria supondrían la
culminación y perfeccionamiento de la antigua idea democrática, además de
constituir el marco adecuado para alcanzar los objetivos de las dos grandes
revoluciones contemporáneas: la liberal y la proletaria.
La pervivencia de lo viejo,
de las inercias del pensamiento acrítico, dogmático, borreguil, no están solo
en el esquema antes citado, también se
encuentran en la pervivencia de los atavismos como el localismo, nacionalismo,
etnocentrismo, xenofobia e integrismo religioso. También ellos son enemigos de
la innovación y aliados objetivos del poder real de las oligarquías mundiales que
muchas veces los potencian y financian. Mantenernos divididos es la estrategia
de una minoría explotadora.
Pero como demostró entro
otros el movimiento del 15 M no solo son necesarios debates, manifestaciones y
testimonios si queremos avanzar hacia nuestros fines es imprescindible
ORGANIZARNOS
Ya han existido en el pasado
organizaciones internacionales para luchar por los derechos políticos y la
justicia económica de los hombres y mujeres de todo el planeta. Tuvieron una
gran importancia en la historia humana de los dos últimos siglos; sin
ellas no existirían hoy los derechos
laborales ni las políticas sociales, los derechos políticos seguirían limitados
a una parte de la población masculina (burgueses y propietarios) y el mundo del trabajo asalariado seguiría
siendo (como aún lo es en muchos lugares del planeta) una versión moderna de la
antigua esclavitud.
Hoy necesitamos más que
nunca una nueva internacional que asuma, en primer lugar, la responsabilidad de constituir un orden
social e internacional en que se hagan plenamente efectivos todos los derechos
y libertades antes mencionados, y recogidos en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos de la ONU (tal como la propia declaración señala en su artículo 28)
pero, sobre todo, que protagonice y dirija la lucha por una gobernanza mundial
y democrática que enfrente, a todos los niveles (legalidad internacional,
fiscalidad, ordenamiento económico, seguridad, salud y política
medioambiental…), los desafíos inmediatos de la presente centuria.
Necesitamos una ONU
verdaderamente democrática y con poderes ejecutivos y no el espantajo actual
totalmente dominado por las grandes potencias y los intereses corporativos que estas
defienden. Y como esto naturalmente no se va a crear desde arriba necesitamos
crearlo desde abajo, desde cada nación, pueblo y localidad.
Las antiguas internacionales
(desde la primera) tuvieron un importante obstáculo en su funcionamiento:
dieron demasiada relevancia a las cuestiones ideológicas o estratégicas frente
al programa común y la escala de objetivos prácticos que es necesario
conquistar paulatinamente. Esto les dividió y debilitó enormemente. La verdad
es que las ideologías como sistemas cerrados no ayudan mucho y menos cuando se
utilizan como meras palancas del poder. El objetivo común, verdaderamente
compartido, es lo más cercano, en política, a una ideología verdadera. Además,
en esta ocasión, este objetivo debe interesar objetivamente a todas las clases
sociales y agrupar a todos los individuos que no estén seriamente comprometidos
con el mantenimiento del actual orden suicida. El sectarismo ha sido y sigue
siendo el peor enemigo de todas las fuerzas transformadoras hasta el presente.
Así pues necesitamos no solo
una nueva organización sino otra forma de hacer política, sin sectarismos, dogmatismos o prejuicios ideológicos,
cambiando la óptica local por la global, desmontando la política como oficio y
lugar de privilegios (propensa luego a aliarse con los privilegiados),
necesitamos organizaciones que no se miren el ombligo y donde el protagonismo
sea del trabajo bien hecho y no de los discursos y personajes; organizaciones abiertas,
unidas por el trabajo efectivo y no por debate interminable, organizaciones
optimistas y realistas a la vez…
¿Es eso posible? Solo lo
sabremos si lo intentamos.
Planeta Tierra. Año 2016
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