TEXTO ÍNTEGRO DEL MANIFIESTO

 

                     MANIFIESTO ANTICOMUNISTA Y ANTICAPITALISTA

 

 

SEIS TESIS

Para no perder el tiempo y no hacérselo perder a nadie, sintetizo, sin rodeos, la tesis primera y principal de este escrito:

El comunismo y el capitalismo, como sistemas políticos y económicos reales desarrollados a lo largo del s. XX, han sido, y siguen siendo, la misma mierda.

Quiero decir, con ello, que se trata de dos sistemas que han producido y reproducido, hasta un nivel que amenaza nuestra supervivencia como especie, la injusticia, la desigualdad, la contaminación y la depredación irracional de los recursos naturales, con absoluto desprecio a los derechos humanos, a la paz entre los pueblos y al Derecho Internacional. Ambos lo han hecho en beneficio de unas minorías privilegiadas utilizando, eso sí, pretextos diferentes, consignas ideológicas que operan como mera propaganda: en un caso, la igualdad y en el otro, la libertad; ignorando, deliberadamente, que no hay igualdad sin libertad y que no es posible la democracia sin la igualdad.

Es un dato histórico de especial relevancia que todos los movimientos que intentaron conciliar una utopía social con una democracia real fueron exterminados a sangre y fuego por el comunismo y el capitalismo con la misma saña y crueldad, en el marco de una Guerra Fría inventada para conservar inalterables sus respectivos dominios territoriales y privilegios de casta, sus imperios y dominios neocoloniales, su control sobre las materias primas, el comercio y las finanzas. Obviamente, no me estoy refiriendo a los sistemas teóricos que precedieron y acompañaron a la realización concreta e histórica de ambos sistemas sino a las estructuras de poder que se crearon a partir de ahí.

El control de los medios de comunicación es una constante del poder desde los primeros imperios agrícolas hasta el presente. Ese control comenzó por la escritura, continuó por la prensa y los medios audiovisuales y ha culminado hoy con el dominio y manipulación de las redes sociales. Ciertamente ahora, en la era de la globalización, la propaganda del poder adquiere nuevas formulaciones: en el antiguo bloque capitalista llamado “Occidente” (y que sigue liderado por los unos Estados Unidos, ahora más inestables a pesar de la fanfarronería de sus actuales líderes) la verdad oficial indiscutible es que el orden financiero- industrial actual es el único posible, mientras que en el antiguo bloque del “socialismo real”  (que hoy lidera China) el pensamiento único es que la prosperidad solo puede ser el resultado del sometimiento de la economía al control de las élites políticas en el nuevo marco del capitalismo global. Ciertamente las élites de uno y otro bloque han encontrado, en este sistema de la economía capitalista globalizada, un nuevo marco de cooperación, pero también de competencia, por los mercados y las materias primas; así que que tenemos lo de siempre: el abuso y la explotación de los poderes económicos y la competitividad entre ellos, y por eso las guerras y los conflictos regionales no paran de intensificarse.  Del mismo modo aumentan las agresiones contra el medio natural, la biodiversidad del planeta y la salud de sus habitantes. Y si a esto le unimos una tecnología cada vez más poderosa y eficaz, tanto para el control de la población como para los proyectos bélicos, la situación no puede ser menos que alarmante para cualquier persona con un mínimo de conciencia de la realidad. Así que la  pregunta relevante es: ¿cómo podemos conjurar las actuales amenazas?

Es evidente que si las amenazas son globales necesitamos respuestas globales y por lo tanto una conciencia también global; pero una conciencia que no sea ideología encubridora o propaganda de un sistema de poder sino conciencia correcta de la realidad. Esa conciencia existe y se manifiesta cuando hay un predominio de la racionalidad sobre los intereses corporativos y los anclajes ideológicos, es la  que  ha dado sus grandes frutos en el desarrollo del conocimiento científico y en el consenso democrático cuyo modelo ético y político actual es la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es la conciencia que ha tratado de desarrollar todos los elementos jurídicos del Derecho Internacional. Es el momento de que esta conciencia analice, con seriedad y sin dogmatismos, qué nos ha traído hasta aquí y saque las consecuencias necesarias para nuestro incierto futuro.

 Se supone que deberíamos tener un interés común por la supervivencia y que ese interés debiera proporcionarnos la lucidez suficiente para ese examen autocrítico y la determinación necesaria para la puesta en marcha de las medidas consensuadas por el mundo científico y por todos los expertos independientes. Esto no es así hoy en día, o no lo es en la medida precisa, y ello es debido tanto a la polarización ideológica, a la que aludo en la segunda tesis, como a la división de la humanidad en tres grandes continentes económicos y sociológicos que surgieron como consecuencia de la recomposición del orden internacional  posterior a la Segunda Guerra Mundial en el marco de la globalización económica capitalista y de la cultura consumista.

La polarización ideológica y sus consecuencias.

La polarización tiene su historia: En el bloque Occidental, liderado con mano de hierro por los Estados Unidos, el anticomunismo se elevó a la categoría de ideología oficial en todo el imperio, pretexto para la invasión de naciones, golpes de estado y chantajes económicos a través de su dominio de las instituciones económicas  internacionales. En el bloque del socialismo real o bloque comunista, el anticapitalismo fue el pretexto ideológico para imponer, con mano de acero, un dominio estatal-burocrático confeccionado a la medida de las ideas (muchas veces delirantes) y los intereses de una élite política unificada a la fuerza en “El Partido”. Europa fue la primera frontera de esta guerra que la amenaza nuclear convirtió en “fría”.

La participación de las fuerzas progresistas en la lucha contra el fascismo y el nazismo y la cercanía de repúblicas socialistas bajo el paraguas soviético creó una situación especial para los derechos sociales y las libertades políticas en el occidente europeo, el capitalismo concedió un margen a la socialdemocracia, y así se fue constituyendo el llamado “Estado del Bienestar”, pero la defensa, la política exterior y la economía quedó condicionada, también aquí, a los intereses de los Estados Unidos de Norteamérica. En cambio, la guerra de bloques no tuvo nada de fría en el resto de los continentes; aquí se impuso la ortodoxia anticomunismo – anticapitalismo con absoluta brutalidad, desencadenando multitud de golpes de estado,  guerras y conflictos que aún nos acompañan.

La carrera armamentística de los EEUU y el proceso de globalización del capitalismo postbélico, ligado al desarrollo de una economía basada en el hiperconsumo de las amplias clases medias occidentales, fue un factor fundamental para el colapso de los sistemas comunistas. Los sistemas comunistas, empeñados en la costosísima carrera de armamentos, tenían muy poco que ofrecer a la mayoría de los ciudadanos, ni en el aspecto más burdo, el del consumo, ni en el más sofisticado: lo social, cultural y psicológico, aspectos lastrados por la falta de libertades. En el año de1989 se produce la caída del muro de Berlín, precedida por la represión sangrienta de las protestas en la plaza de Tiananmen.  El Partido Comunista Chino lo tuvo claro desde el principio: no se puede competir con el capitalismo global desde los recursos propios y desde la planificación estatal, pero sí se puede controlar la apertura al capitalismo: ¿Cómo controlar a los ricos?- Se dijo el Comité Central. Haciéndonos nosotros ricos, - fue la respuesta.

Los tres continentes sociológicos

La polarización ideológica continúa, pero ciertamente ha cambiado su marco: hoy ni China ni Rusia pueden ser anticapitalistas, lo que ha cambiado es su discurso, su propaganda, hoy el enemigo es Occidente “que nos quiere imponer su modelo, detrás del cual solo hay el interés de reservarse para ellos los beneficios de la prosperidad industrial y de los flujos económicos”.  Por “Occidente” entienden no lo peor: el capitalismo depredador que ellos han adoptado alegremente, sino lo mejor: el reclamo universal de los derechos humanos. La Declaración Conjunta para la Cooperación en una Nueva Era, firmado por Putin y Xi Jinping en marzo de 2023, lo deja muy claro: reclama un “orden mundial multipolar” que pueda servir de modelo para los países emergentes, un orden que dé prioridad a las particularidades históricas, culturales y nacionales  a la hora de establecer un camino propio para el desarrollo de los derechos humanos, una “libre” interpretación del Derecho Internacional y de la Carta Fundacional de la ONU. En definitiva, la libertad que se reclama es para las élites autoritarias de estos países, que únicamente ofrecen a sus ciudadanos una participación “ordenada” en las oportunidades de la nueva economía capitalista global. (Ordenada por ellas, claro está).

La declaración más reveladora de la reunión de Moscú, donde se firmó esta declaración, pertenece a Xi Jinping: “Se están produciendo cambios que no han ocurrido en 100 años. Cuando estamos juntos pilotamos estos cambios”.  Que haya gentes de izquierdas que no se estremezcan ante estas declaraciones da fe de la enorme inercia que tiene la polarización ideológica de la Guerra Fría: ¿todavía ven en esos sistemas alguna esperanza? Pero todavía es más llamativa esta persistencia en las gentes de derechas: la caída del comunismo no ha hecho sino incentivar el anticomunismo, extendiéndole a todo intento de establecer cualquier límite al dominio económico de los mercados financieros. La fe ciega en “los mercados” se ha elevado a la categoría de pensamiento único y religión universal,  el neoliberalismo (en realidad el ultraliberalismo económico, inadecuadamente llamado “anarcoliberalismo”) se ha aliado con todo los más reaccionario, insolidario, irracional y supremacista del género humano. Hoy es tildado de comunista desde el Partido Demócrata de EEUU hasta el Papa,  por supuesto cualquier socialdemócrata y cualquiera que cuestione el modelo de desarrollo económico vigente, aunque sus lacras nos golpeen en el rostro en cualquier noticiario. El economicismo autoritario y la ultraderecha neoliberal compiten en el mundo de hoy como lo hicieron antaño y tienen como cómplices todos aquellos afectados por la propaganda oficial y por las inercias del pasado: esa masa movida por la inercia. Y esa inercia fatal solo puede ser neutralizada por una humanidad consciente y solidaria.

Pero la ideología no se compone solo de pensamientos e ideas, hay un elemento previo, una humedad subterránea que alimenta esos pensamientos e idea, un sentimiento primario al que apela la propaganda del poder. Atendiendo a esto, hoy tenemos tres continentes sociológicos con tres sentimientos latentes  enfrentados:

. El Continente Privilegiado está constituido por las personas que gozan de una economía que les permiten el acceso holgado a  ese mundo del hiperconsumo, mundo que se ha desarrollado  de forma frenética en los últimos 50  o 60 años. El sentimiento y el pensamiento profundo que predominan en este continente es el de mantener, al precio que sea, este privilegio que se ha convertido en una costumbre esencial, un modo de vida, una cultura, una forma de pensar, sentir y actuar.

. El Continente Emergente está integrado por todas las personas que acaban de llegar o están llegando a ese mundo de consumidores privilegiados y cuyo objetivo  vital predominante es el de alcanzarlo plenamente y al precio que sea.

. El Continente de la Precariedad, el más numeroso y extendido aunque con proporciones muy diferentes por todo el planeta, es el propio de economías que tienen dificultad para acceder al consumo de los elementos básicos para una supervivencia biológica y para unos mínimos de salud física y psicológica. A la carencia de recursos de estas personas se le suma que son receptores privilegiados de todas las lacras sociales: inseguridad, violencia, explotación, humillación, racismo, guerras… En este continente la consigna es clara: sobrevivir al precio que sea.

 Lo malo es que este precio es la supervivencia de nuestra especie.

Posmodernidad y terrapalnismo

En estos tres continentes se ve el grado de penetración del consumismo capitalista global, convertido en una ideología que identifica progreso con consumo indiscriminado de productos industriales y una conducta irracional y compulsiva que se impone  por encima, incluso, de los bienes más perentorios como la calidad del aire, el agua o los nutrientes, así como las perspectivas de futuro y la salud del presente. Además, este veneno que nos han metido en el cuerpo se complementa con otros tóxicos del pensamiento actual que he resumido en dos grupos: la postmodernidad y el terrapalnismo. El primer elemento, el postmodernismo, florece en las sociedades y colectivos privilegiados, es una manera de decir: “no molesten hasta que la fiesta se acabe”; el segundo es más transversal, tiene su mejor terreno de cultivo en las poblaciones temerosas, desesperadas, necesitadas de esperanza y consuelos inmediatos proporcionados por una fe que vaya más allá de la cruda realidad (de ahí su desprecio por el conocimiento científico, y es por eso les aplico el genérico de “terraplanistas”). Los postmodernos son retardistas, los terraplanistas son negacionistas; el efecto es el mismo.

Así pues, el problema no radica solo en los sistemas creados por el ser humano, sino también en el ser humano que crea y mantiene  estos sistemas, si no hay un contrapeso, un pensamiento crítico y una voluntad solidaria el objetivo de conseguir la supervivencia con dignidad de nuestra especie será inalcanzable.

¿Por dónde empezamos? El clásico dilema de comenzar por sociedad o por lo individual,  por el cambio estructural  o por el pensamiento es un falso dilema porque solo desde la voluntad y el pensamiento hay un comienzo y solo  interactuando con las demás voluntades y pensamientos se produce una acción transformadora; no hay atajos por un lado ni milagros por el otro, lo que hace falta es empezar. El postmodernista, con el pretexto del fracaso de los grades relatos y sus promesas emancipadoras, se refugia en su cómodo reducto, en su área de confort para justificar su indiferencia o su impotencia frente a una áspera realidad, es decir, para justificar su propia decadencia. Es el pensamiento de los privilegiados. El terraplanista niega esa realidad en función de otra que cree superior: la palabra del líder o el profeta, los bulos de la propaganda disfrazados de revelaciones de lo oculto…, es el pensamiento de los que tienen miedo, de los que buscan la trasferencia de la culpa y el castigo a cualquiera que no sean ellos mismos, es también el pensamiento que trata de cubrir el vacío y la desesperanza con la irracionalidad de los sentimientos más primarios.

Lo que sí resulta obvio, a estas alturas del conocimiento humano, es que nuestra especie no es más que una anécdota reciente en el capítulo de la vida en este planeta, que nuestra capacidad autodestructiva no sería más que un breve capítulo en la sucesión de ensayos y errores de la evolución biológica, uno de los más patéticos y absurdos, eso sí, pero ¿quedaría alguien para juzgarlo?  Quizás en otro planeta…

Antes de esperar a una arqueología del universo tenemos la posibilidad de juzgar nuestra propia trayectoria y corregir su rumbo, o, al menos, intentarlo, así que voy a relatar en primera persona, como yo corregí una parte importante de la mía.

Yo he sido comunista, y, por lo tanto, anticapitalista. Mi adscripción al comunismo fue una consecuencia, casi automática, de la lucha contra la dictadura franquista, instaurada precisamente en nombre del anticomunismo con la ayuda decisiva del fascio italiano y del nazismo alemán y consolidada después gracias al protectorado de los EEUU; convertirme en anticomunista me ha costado bastante más, así que comprendo las dificultades con que se encuentran muchas personas de mi entorno ideológico (el de las izquierdas). Mucho más fácil y rápida (y mucho más provechosa) ha sido la conversión de algunos excomunistas y anticapitalistas a la nueva fe neoliberal o ultraliberal.

Mi proceso de conversión comenzó (y todavía lo recuerdo a pesar del tiempo transcurrido) con la lectura, en una revista progresista de los años 70 llamada “Triunfo”, de unas noticias escandalosas y, para mí, incomprensibles, referidas a grandes matanzas de la población civil en el glorioso y combativo extremo oriente que acababa de humillar al imperio USA, más concretamente en la Camboya de los Jemeres Rojos.  Tirando de ese  hilo de Ariadna fui descubriendo el resto; al fin y al cabo Pol Pot no era sino un discípulo de Stalin y de Mao. La gran mentira de la superioridad moral de la política “comunista” en estos lugares solo era comparable a la gran mentira de su eficacia económica. Fueron esas mentiras las que produjeron el desguace vergonzante de estos sistemas por los mismos que los habían instaurado. ¡Esa sí que fue una buena y rentable conversión: la conversión al capitalismo de las antiguas élites burocráticas, añadiéndole, como dice la Declaración de Moscú, “las particularidades  históricas, culturales y nacionales” (es decir, el autoritarismo político)!

Cuando yo era comunista las cosas estaban claras: todos los males del mundo (las dictaduras, la contaminación, la injusticia) tenían su origen en el capitalismo. Pues bien, hoy tenemos que aguantar ese mismo pensamiento simplificador, dogmático y supremacista por parte de la derecha y la ultraderecha: todos los males del presente y del pasado provienen del socialismo y del comunismo. Es falso, pero simple, y lo simple se vende bien, se convierte en moda y te hace estar conectado con la bobería mundial profusamente financiada por el poder económico a través de los medio modernos o tradicionales. (Aquí tenemos a Elon Musk y su inmensa maquinaria de manipular elecciones en beneficio de la extrema derecha)

Yo fui comunista, y en cierta manera, si se refiere a un ideal de sociedad armónica, libre y solidaria, lo sigo siendo. Lo que he dejado es de ver es al comunismo político como una vía hacia este ideal, a la par que he considerado la trayectoria del capitalismo desde un punto de vista histórico, alejado de postulados ideológicos previos. Este cambio en mi manera de contemplar y enjuiciar la realidad histórica y social me permitió ver lo que de positivo pueden tener ambos movimientos a pesar de su desastrosa evolución: el liberalismo defendió acertadamente la importancia de la dignidad y autonomía de la persona humana (“el ciudadano”), de los derechos y libertades inherentes a esa libertad y a esa autonomía del individuo, el papel que en este sentido desempeñaba la propiedad privada, así como también las ventajas económicas de mercados libres que estimulasen el trabajo, la creatividad y la iniciativa de los individuos buscando su propia prosperidad.  El socialismo surgió, precisamente, de las contradicciones de la revolución liberal – burguesa, de su traición a ese lema fundacional: libertad, igualdad, fraternidad: no había igualdad legal (el voto estaba limitado a algunos ciudadanos  de sexo masculino), menos aún igualdad de oportunidades y esa tremenda desigualdad estructural hacía imposible la cohesión social, es decir, la fraternidad.

El derecho a la propiedad privada fue un gran avance histórico respecto a la arbitrariedad del feudalismo y el absolutismo en este y otros terrenos, como el del derecho a comerciar libremente con tus propiedades o con el producto de tu trabajo. Ambos factores, unidos al desarrollo tecnológico, produjeron un gran salto adelante en todos los aspectos de la vida económica (producción, intercambio comercial,  desarrollo financiero, aumento de la riqueza no ligada a la herencia y privilegio nobiliarios…), en todos menos en uno: la redistribución; de hecho la desigualdad estructural, la pobreza, se integró como una pieza esencial del mecanismo económico capitalista. Y así nació el proletariado.

El socialismo nació precisamente a partir de esa contradicción, y nació, desde el principio, dividido y enfrentado (y así sigue ahora). Su único punto de convergencia era convertir los tres lemas de la Revolución Francesa en realidades tangibles y no solo en lemas poéticos, lo cual, evidentemente, es difícil. La principal diferencia se refiere a qué hacer con respecto a los sistemas legales, más o menos democráticos, surgidos como consecuencia de las revoluciones burguesas: unos plantearan la vía reformista para lograr que dichas instituciones cumplan sus principios fundacionales y otros, en cambio, la vía revolucionaria, con la anulación de la propiedad privada y del Estado Burgués y su sustitución por la propiedad estatal y la “dictadura del proletariado”.

La potencia económica del capitalismo, ligado a la productividad consumista, ha hecho que se extienda por todo el globo terráqueo. En este sentido su triunfo es espectacular, aunque ese triunfo es inseparable del deterioro causado en el medio ambiente y de las profundas brechas de desigualdad, pobreza e injusticia repartidas por el mundo. El socialismo ha tenido dos realizaciones prácticas, una por modalidad: la vía reformista logró sus mejores realizaciones en países de la Europa Occidental en el periodo posterior a la IIª Guerra Mundial (ya he aludido al marco histórico en el que esas reformas sociales fueron posibles); el socialismo revolucionario, que acabó conociéndose como comunismo, tuvo su primera victoria en Rusia, al final de la Iª Guerra Mundial y su expansión fue, en gran medida, un producto de la segunda. Sus penosos resultados en lo económico y en lo social c fueron la causa de su autodisolución.

Pero la tarea urgente no es determinar quien fue mejor o peor en este esquema bipolar; o mejor dicho, el menos malo. Podemos hacer una liga de dictadores y de los horrores que protagonizaron, una lista con las invasiones, golpes de Estado, dictaduras impuestas, torturas, matanzas y genocidios.  La verdad es que estamos donde estamos por la concurrencia de los errores de ambos sistemas y también por sus logros . Para encontrar una salida tenemos la obligación de no renunciar a ningún acierto, avance o recurso, venga de donde venga.

Eso es lo que he aprendido después de abandonar prejuicios y dogmatismos. Esta es la lección que evitan los que no quieren desprenderse de ellos, y esta ignorancia nos priva del principal recurso que nos ha proporcionado la Naturaleza para sobrevivir: la capacidad de cambiar.

El origen

Conocer el origen de las cosas es el principio de la sabiduría desde los tiempos clásicos. Una sabiduría que no sirve para evitar los errores del pasado es inútil y triste. En política esta desolación quedó magistralmente ilustrada por “El Roto”: Sobre la imagen de una estatua recién derribada se leía: “No destruyáis la peana, servirá para erigir la estatua del próximo tirano”.

La historia de estas dos grandes revoluciones, la liberal-democrática y la social- comunista, ambas hijas de la Ilustración, es la historia de dos traiciones. Toda revolución se traiciona a sí misma en la misma medida en que traiciona a la democracia. Toda traición comienza por el interés material (el dinero, el poder, el privilegio…) y se intenta eternizar mediante la mentira. Esto es tan viejo que ya Platón, en la antigua Atenas, trató de proteger el sistema político de las corruptelas mediante un procedimiento radical: la comuna de los gobernantes (que además debían ser sabios… ¡demasiados requisitos!). Tanto el sistema liberal como el comunista, es cierto que por distintos procedimientos, dieron lugar al desarrollo de minorías cuyo poder y privilegios no se diferenciaban tanto de las antiguas clases y castas que detentaron el poder en sociedades más antiguas. Todos conocemos ya los privilegios de los burócratas comunistas y cualquiera que lea un informe sobre la concentración de las fortunas a nivel mundial verá que el estatus de poder que detentan sus beneficiarios no se diferencia de los aristócratas, marajás y otras dignidades de los antiguos imperios. Naturalmente, todo esto tiene muy poco que ver con la democracia, con la libertad, la igualdad y la fraternidad, y por eso hay que enterrar esta realidad con las mentiras, falsearla con los encubrimientos ideológicos; la propaganda del poder:

Propaganda comunista: “La conciencia de clase, la conciencia proletaria encarnada en El Partido y sus líderes, organiza, con sabiduría y justicia, todas las relaciones económicas y sociales mediante las instituciones del Estado”  ¡MENTIRA!

Propaganda capitalista: “El egoísmo particular y el afán de enriquecimiento personal junto con la propiedad privada y el mercado organizan de forma optima y eficiente la producción, crean riqueza y la distribuyen por todo el tejido social” ¡MENTIRA!

Mentiras que lo que intentaban ocultar la realidad, las miserias e injusticias de ambos sistemas. Hoy asistimos a una tormenta propagandística por todos los medios para ocultar la nueva realidad, constituida a partir de la inclusión del antiguo bloque comunista en el capitalismo globalizado o, como ellos dicen, “en los mercados”.

El nuevo orden mundial ya no es una cuestión de bloques sino de élites económicas que comparten un mismo modelo de negocio, aunque compitan por sus porcentajes y parcelas de influencia.

Es, en realidad, un desorden que intensifica la desigualdad y los conflictos sociales, nacionales y regionales, a la vez que la depredación incontrolada de los recursos naturales y el deterioro del medio natural.

 Es un sistema fundamentalmente económico que ha reducido a la política al papel de mero auxiliar, subordinado a esas élites.

El inmenso poder de esas élites solo puede neutralizarse y controlarse con una democracia real generalizada, es decir, efectiva y global.

 

 

 

 

EL COMUNISMO Y EL CAPITALISMO FFRENTE A LA PAZ, LOS DERECHOS HUMANOS Y LA CONSERVACIÓN DEL MEDIO NATURAL.

 

La guerra contra nosotros mismos.

En las décadas posteriores a la IIª Guerra Mundial el peligro mayor para el futuro de nuestra especie era la amenaza nuclear. Ante esta amenaza, la respuesta de las grandes potencias fue aumentar sus arsenales nucleares hasta el paroxismo (solo el contenido de uno de ellos tenía capacidad para destruir varios centenares de veces la vida en el planeta). Hasta entonces la única estrategia era tenerla más grande. Más tarde comenzaron conversaciones y tratados sobre los arsenales nucleares cuyo resultado fue más bien propagandístico (eliminar armamento obsoleto o redundante). Mientras tanto, otras potencias menores se hicieron con ese armamento en zonas de especial tensión bélica (China, Israel, India…) y otras está en ello (Corea del Norte, Irán…).

La verdad es que nos hemos venido enfrentando a muerte entre nosotros desde hace milenios y hemos convertido a nuestros semejantes en objetos de explotación y abuso (en medios u objetos en lugar de fines, que diría Kant) desde hace esos mismos años, pero ni la fórmula capitalista ni la comunista (por orden de aparición) han logrado frenar este proceso que el avance tecnológico ha hecho aún más peligroso: Como decía el maestro Emilio Lledó: “los griegos podían destruirse entre ellos, pero nosotros podemos destruir el mundo”. Por otra parte, y en contra de lo que nos habían prometido los propagandistas del capitalismo, la generalización del sistema financiero y del mercado no ha traído menor conflictividad, mayor justicia y algo más de racionalidad en la depredación irresponsable de los recursos naturales imprescindibles para la vida humana. Pero los culpables no solo son los sistemas sino los seres humanos que hacen posibles esos sistemas. Por eso, si queremos encontrar una salida a nuestros problemas de supervivencia tenemos que superar este esquema bipolar (bipolar en más de un sentido). Este esquema solo ayuda a mantener a las élites actuales en el poder (ese 1% que controla el mundo a través del control de la economía).  Y solo hay una manera de superarlo: Ni  comunismo ni capitalismo: Democracia Mundial.  Con esto no me refiero a una fórmula mágica o novedosa nunca ensayada, me refiero a sumar las ventajas de los anteriores sistemas económicos rechazando sus errores e integrando las experiencias de otros pueblos y culturas, despreciados por no encajar en nuestro sistema depredatorio, irracional  y suicida. Y hacerlo contando con la participación ciudadana, respetando los derechos humanos y la legalidad internacional. Esto supone, simplemente, reclamar lo que nos prometieron después de la IIª Guerra Mundial.

Vencer la inercia del poder es una tarea muy difícil porque el poder está, de muchas maneras, dentro de nosotros. Ya he hablado de la decadencia, la actitud acomodaticia y cobarde, pero también está el miedo y la inseguridad, que nos lleva a perdernos en la irracionalidad o a buscar enemigos y culpables en quienes volcar nuestra rabia o frustración, hemos de romper también los bloques sociológicos, entender a quien reclama un progreso del que ha sido apartado por la historia y entender el deseo elemental e inmediato de supervivencia individual. En  el llamado mundo desarrollado tenemos una gran responsabilidad: no podemos desentendernos de las consecuencias de nuestro modo de vida en el presente y en el pasado. Tampoco podemos prometer ese modelo de desarrollo para los demás cuando es insostenible para nosotros mismos.

Hoy los incendios bélicos (algunos de especial intensidad como el de Ucrania – Rusia y el de Israel – Oriente Medio) se suman a los incendios inmensos provocados por la acción humana y a la contaminación por la utilización de los combustibles fósiles. Frente a las armas de destrucción masiva debemos oponer el recurso de la creatividad masiva: el conocimiento al servicio del bien común, la política como autogestión inteligente de la sociedad que armonice ese bien común con los legítimos intereses particulares, dentro del respeto a los derechos humanos, como parte del respeto a la Naturaleza. No es imposible; no todo ha ido mal en nuestra trayectoria histórica, de la misma manera que, como ya he señalado, no todo es negativo en el capitalismo y en el socialismo.

En el año 1948 , después de dos devastadoras guerras mundiales, se firma y ratifica en la ONU la Declaración Universal de los Derechos Humanos que expresa el mayor consenso ético – político de nuestra historia, la mayor promesa de alcanzar, por fin, una garantía universal para la paz y los derechos humanos basada en el establecimiento de una legalidad internacional, como reclamaba Kant a finales del s. XVIII en su famoso opúsculo “Sobre la paz perpetua”. Merece la pena detenerse un momento en este escrito para considerar la importancia histórica de las ideas y se su trayectoria al tratar de convertirlas en hechos.

Esta obra fue publicada en 1795. Es inseparable de la esperanza que la Revolución Francesa provocó en Europa, una Europa que no había conocido la paz 10 años seguidos  en muchos siglos. A pesar de que Kant ha sido tachado de idealista (reproche ambiguo, máxime cuando el realismo significa  simple sometimiento al poder) su obra parte de un principio tan obvio y realista como este:

“La paz entre hombres que viven juntos no es un estado de naturaleza. Por tanto, la paz es algo que debe ser instaurado”. El procedimiento no puede ser otro que el imperio de la ley, el Derecho Internacional, apoyado en una federación de Estados libres” (SEGUNDO ARTÍCULO DEFINITIVO DE LA PAZ PERPETUA).

La propuesta de Kant es la más revolucionaria de todos los tiempos porque supone firmar la paz del género humano consigo mismo; implica no solo un deseo sino un procedimiento de unir, por fin, la ética y la política, estableciendo un sistema legal que refuerce el principio moral universal: Tratar a los demás (sean individuos o colectivos) como queremos ser tratados nosotros y los nuestros, o, en términos kantianos, “considerar a los demás como fines y no como medios”. En realidad esta divergencia entre ética y política forma parte de una disonancia cognitiva entre lo que reconocemos como bueno y lo que desarrollamos en  nuestra conducta. Como reconoce Kant, esa disonancia no se va a resolver solo con la apelación a la conciencia individual, necesita la instauración de un sistema que la promueva y la proteja.

El librito de Kant tuvo mucho éxito de lectores, pero muy poca incidencia en la política de su tiempo: los europeos seguimos enredados en guerras constantes entre nosotros ampliándolas a otras partes de mundo y culminando el proceso con dos guerras mundiales que causaron más de 140 millones de muertos.

Ciertamente, tanto los poderes locales como las élites globales, han reducido mucho la esperanza inicialmente creada por esa declaración hasta hacerla desaparecer en muchos lugares del planeta.  ¿Qué esperanza pueden tener las mujeres en Afganistán o los súbditos de la delirante monarquía comunista de Corea del Norte, por poner solo dos ejemplos? Y si fueran dos excepciones… pero la realidad, después de más de 70 años, es que las poblaciones que está amparadas por un Estado de Derecho regido por esos principios universales no alcanzan el 20 % de la población mundial. La situación de la mujer, más de la mitad del género humano, que ya partía de una desventaja milenaria, ha empeorado en muchos lugares y no ha mejorado en otros muchos donde ya era precaria; los últimos informes sobre democracia y derechos humanos en el mundo señalan un retroceso a la situación de mediados de los años 80… La ONU, como garantía de esa legalidad internacional, ha sido un completo fracaso, sometida al control antidemocrático de las grandes potencias, y sus restos están siendo atacados tanto por la ultraderecha emergente en los USA como por el bloque autoritario liderado por China.

Todas las revoluciones que han fracasado lo han hecho por traicionar a la democracia; es obvio que una revolución que se hace sin el pueblo se acaba volviendo contra el pueblo. Esto mismo le está sucediendo a esta auténtica revolución moral y política que se fingió consensuar después de las dos grandes guerras. La ONU no es un gobierno democrático de la humanidad, es un chiringuito de las grandes potencias que dominan el Consejo de Seguridad y de los grandes intereses económicos de sus élites. Los 5 miembros permanentes del de Consejo de Seguridad se reservaron el derecho a vetar cualquier medida que afectara a sus intereses (los intereses de sus élites, en realidad) ¿Pueden ser los EEUU, Rusia o China defensores de esta democracia? Entre estos tres países se distribuyen, en cantidad y en gravedad, el mayor número de agresiones a otros países, culturas y nacionalidades;  torturas, actos de terrorismo, invasiones, golpes de estado,  dictaduras… En estos momentos  Rusia libra una guerra producto de la invasión de Ucrania y los USA son corresponsables, junto con Israel, del mayor genocidio de las últimas décadas. Ambas potencias han usado su derecho al veto para paralizar cualquier medida que interfiera a sus políticas belicistas y a los intereses de sus líderes o de sus élites económicas, ambas boicotean las resoluciones mayoritarias en la ONU y las instituciones del Derecho Internacional. En estos momentos a la ultraderecha triunfante en los USA y al nacionalismo autoritario de Putin, que lleva en el poder varios decenios, les molesta la existencia misma de cualquier tipo de instituciones internacionales que les interpelen moralmente y están trabajando por silenciarlas, ahogarlas económicamente o eliminarlas.  Ahora bien, como ya señaló Kant a finales del s. XVIII, la democracia, el derecho internacional y la paz son proyectos complementarios e inseparables, y especialmente necesarios en un mundo en que la guerra puede ser el complemento definitivo para la destrucción de nuestro hábitat. Las dos Guerras Mundiales (y muy especialmente la 2ª) fueron los mayores desastres medioambientales de la historia en su momento; significativamente la 2ª acabó con la explosión de dos bombas nucleares que introdujeron una nueva amenaza: la contaminación por radioactividad.

La guerra entre nosotros forma parte de la guerra contra  la naturaleza. Si no las paramos seremos la única especie protagonista de su propia destrucción.

La guerra contra la naturaleza.

Entre los derechos proclamados  en la Declaración Universal del año 1948 están los referidos a la salud y el acceso a los recursos naturales que posibiliten una vida digna. Evidentemente sin los recursos del agua potable, la atmósfera respirable y los alimentos exentos de venenos y toxicidad, nadie puede pensar siquiera en una vida.

En los años 50 el planeta parecía capaz de asimilar toda la porquería que vertíamos en él a diario, pero estaba en marcha el acelerador de las agresiones más graves del pasado, más las recién descubiertas: la carrera armamentística con sus miles de explosiones nucleares en la atmósfera y en el mar, la industria atómica con sus numerosos y gravísimos accidentes y su irreversible contaminación. En cuanto a la contaminación industrial anterior, solamente tres datos: La producción anual del plástico pasó de 2.3 a 5 millones de toneladas en los años 50 a casi 500 millones de toneladas en la actualidad, el CO2 de 4.000 – 6.000 millones de toneladas a 40.600 en el año 2022. Las tres cuartas partes de la biosfera, los océanos, de donde surgió toda la vida en el planeta y que son  clave en la regulación del clima y en el mantenimiento de las condiciones de vida en tierra firme, están repletos de plásticos contaminantes químicos y residuos tóxicos; literalmente estamos llenando de mierda nuestra propia cuna. La carrera de armamentos y la estrategia consumista del capitalismo de postguerra han sido y son los principales impulsores de esta locura.

¿Qué hicieron el capitalismo y el comunismo por el medio ambiente? La verdad es que han sido bastante homogéneos en su conducta económica: expoliar, desgastar y contaminar los bienes comunes en función de una gran productividad industrial, donde lo militar ocupa un lugar privilegiado. Las diferencias entre los antiguos bloques hacen referencia, como ya he señalado, a la productividad consumista en el occidente desarrollado y su extensión desigual por el planeta en el proceso globalizador. Y todo esto sin tener en cuenta que el medio natural, los recursos de la biosfera, es la base de toda economía del pasado presente y futuro. Los mercados financieros son un artificio, los recursos naturales son la primera y la última realidad económica. ¿En qué lugar figuran en los análisis económicos de los gobiernos y empresas? Ellos los llaman “externalidades” significando que quedan fuera de sus consideración y de sus cálculos. Los gastos de ese deterioro de los recursos naturales los pagamos los ciudadanos. Todos los años nos hablan de crecimiento; y efectivamente crecen, por un lado, los expolios a la naturaleza, las amenazas a la salud, la desigualdad, la conflictividad,  y por otro,  las grandes fortunas de las oligarquías. Esas son las verdaderas interioridades del sistema económico global, interioridades que revelan la naturaleza insostenible, injusta e irracional del capitalismo  consumista actual.

Después del empeño de autodestruirnos, primero por partes y ahora globalmente en guerras cada vez más destructivas, el segundo gran empeño de esta especie inteligente parece ser la propia destrucción de nuestro hábitat natural (¿por si falla lo primero?); la agresión a la biosfera, acelerada por el modelo de producción y consumo actual, no es solo una cuestión ética o estética: está dañando nuestra salud y amenazando nuestros recursos. Hay un consenso científico que lo está anunciando desde hace tiempo, pero mucha gente no quiere verlo (los postmodernos) o lo niegan (los terraplanistas); cuando la evidencia tome forma en la escasez de los supermercados; en invasiones, guerras y epidemias, quizás sea demasiado tarde. Todavía no lo es, pero no vamos por el buen camino; es decir, no hacemos más que caminar empujados por la inercia. Una inercia destructiva: la inercia del poder de las élites que nos han traído hasta este lugar. Parece que estamos empeñados en confirmar la tesis del biólogo E. Mayr según la cual eso que llamamos inteligencia no sería más que una mutación letal.

No voy a repetir aquí los datos, lo  informes y las reclamaciones de ese consenso científico que están al alcance de todos, no se trata de convencer a nadie que no quiera ser convencido, lo que quisiera es convencer a los ya convencidos de la necesidad de una acción unitaria y global por la gobernabilidad democrática de la humanidad. No hay otra alternativa para corregir nuestra trayectoria, para salvar a nuestra especie y encontrar el verdadero desarrollo de la vida humana en dignidad y  libertad, la democracia es el requisito necesario para la gran transformación cultural y económica que tenemos que emprender.

Hay quien tiene temor a un gobierno mundial; es normal el temor a un poder político de tal magnitud cuando ya tenemos, muchas veces, miedos razonables de los poderes públicos locales, regionales o nacionales,  pero no debemos olvidar un par de cosas: en primer lugar, somos más de 8 mil millones de personas y no va a ser fácil coordinarnos espontáneamente para emprender un giro civilizatorio económico y político de este calibre, necesitamos de instituciones que estén verdaderamente a nuestro servicio y controladas por nosotros; en segundo lugar, ya hay un gobierno mundial de las élites, que tiene en sus manos más del 80% de las decisiones económicas y políticas sin ninguna responsabilidad democrática o institucional, sin ninguna contención ni control.

Hay quien se desanima por la lentitud de los cambios y las dificultades para un auténtico progreso. También la Revolución Francesa comenzó con una bella esperanza plasmada en ese gran lema: ”Liberté, Egalité, Fraternité”. Solo la igualdad jurídica tardó más de casi un siglo y medio (1945 el sufragio universal en Francia al incluir el voto femenino)  pero desde el comienzo miles de hombres y mujeres no dejaron de luchar por la realización práctica de dichos principios. Esto quiere decir que los consensos son importantes, aunque no resuelva los problemas por sí solos; es más, los consensos son definitivos cuando les acompaña la acción.

La paz, los derechos humanos y la conservación de la biosfera exigen un consenso entre nosotros y una determinación para realizar las transformaciones necesarias.  No es posible la paz en un panorama de desigualdad creciente, de explotación y abusos, de usurpación de los recursos naturales más elementales, de agresiones terribles que provocarán una espiral creciente de venganzas y de muertes que nos acabará afectando a todos. Así mismo, no es posible organizar la supervivencia material , la vida económica, conservando lo que nos queda del medio natural y tratando de recuperar lo que podamos de nuestro hábitat, sin una regulación y un control democrático planetarios. No podemos esperar, como en tiempos de la Revolución Francesa, que los derechos se conviertan en realidades por el hecho de figurar en un documento;  tenemos  que luchar para conseguirlos. Pero ahora tenemos menos tiempo. La legalidad internacional, los derechos humanos, la racionalización de nuestro sistema productivo, orientada al bien común y a la conservación de la naturaleza, son tareas de toda la humanidad consciente y solidaria, que además deberá actuar unida y organizada si quiere oponer una masa crítica a los oligopolios mundiales.

 

 

 

 

 

¿QUÉ HACER?

 

Los que queramos hacer algo al respecto vamos a tener que empezar por dejar de quejarnos:  la tarea es inmensa, las dificultades son muchas, pero también somos muchos los interesados en enfrentar los retos de nuestra supervivencia; también sería bueno dejar de consolar nuestra mala conciencia con alguna empresa caritativa o solidaria: no basta con pensar en universal y actuar en particular, es necesario simultáneamente actuar en universal: concentrar nuestros esfuerzos en desarrollar un contrapoder capaz de frenar la inercia suicida del actual sistema.

La democracia como principio.

La solución a los problemas de supervivencia que nosotros mismos hemos creado es, obviamente, que nosotros mismos nos hagamos cargo de  resolverlos asumiendo nuestra responsabilidad colectiva. Y esto es la democracia: un principio político y moral, un principio de la razón práctica. No hay alternativas. Se corresponde con algo llamado madurez: ¿alguien nos va a resolver las pifias que nosotros hacemos?  ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Pero la democracia no es fácil, necesita unas condiciones básicas para poder articularse y funcionar, y esas condiciones hay que crearlas, porque hoy no existen o existen de manera muy limitada y precaria, cada vez más precaria. El entramado de libertades, derechos y obligaciones de los ciudadanos solo se puede mantener partiendo de unas condiciones mínimas de igualdad y cohesión social; en definitiva, de justicia social. Por lo tanto este sistema es incompatible con los privilegios de clases, castas o corporaciones de cualquier tipo, es incompatible con la corrupción, ligada precisamente a muchos de esos privilegios, exige el contrapeso de poderes e instituciones, el control de los ciudadanos, el asesoramiento de expertos y científicos… Por otra parte, ningún sistema democrático puede sobrevivir hoy aislado de su entorno regional e internacional, por eso necesitamos un sistema internacional de garantías, unas instituciones que puedan aplicar realmente el derecho internacional, un sistema de convivencia y articulación de las complejas relaciones entre los distintos países y regiones del planeta, un sistema de seguridad ante las amenazas bélicas y las agresiones al medio natural y a los recursos que son de todos: el aire, el agua y los nutrientes, en definitiva: un gobierno democrático de la humanidad, lo que nos prometieron que iba a ser la ONU.

En el año 2015 califiqué al ultraliberalismo como el sucesor histórico del autoritarismo nazi-fascista de los años 20-30 del pasado siglo, recibí algunas puntualizaciones de mi entorno referidas a diferencias relevantes, pero, al día de hoy, considero más justificada que entonces esa equiparación: cada vez es más evidente que los sectores más extremistas del gran capital están arrojando sus caretas democráticas y están planteado ya abiertamente una Contrailustración, un movimiento a favor de prescindir del discurso democrático, igualitario, a favor de los derechos humanos  y sustituirlo por una dictadura de los grandes hombres de negocios y sus corporaciones. En este sentido los EEUU marcan de nuevo tendencia: con el triunfo de Trump se perfila un gobierno constituido directamente por integrantes de esa minoría de grandes fortunas y poderes económicos, lo que los antiguos griegos denominaron plutocracia, una de las formas más habituales de degradación de la democracia. La fusión de la plutocracia con una tiranía supremacista y expansionista es la esencia del fascismo y del nazismo del siglo pasado y es la escalofriante realidad que anuncia un mamarracho despeinado amenazado con invadir Europa (Groenlandia), invadir de nuevo Panamá y desatar un infierno (¡más aún!) en Oriente Medio. También en ese año califiqué de neoestalinismo (con cierto espanto de algunos amigos) la emergencia de los sistemas constituidos por las antiguas burocracias comunistas en China y Rusia; el eje autoritario constituido hoy por ambas potencias parece darme la razón. La anunciada visita de D. Trump a V. Putin puede evocar la imagen de las conversaciones entre Molotov  y Ribentrop a finales de los años 30 (¿Firmarán también algún protocolo secreto?)  Hoy estamos viendo la actualidad política internacional reducida a los turbios manejos de los líderes autoritarios al frente de sus imperios y corporaciones.

Ciertamente hay diferencias que vienen del pasado y que se manifiestan en el presente: el esquema internacional del colonialismo fue sustituido por el neocolonialismo posterior a la segunda guerra mundial y hoy por la globalización que ha dibujado un nuevo mapa sociológico mundial con la configuración de los tres continentes ya aludidos: los países capitalistas tradicionales, los emergentes y las economías depauperadas destinadas a proporcionar mano de obra y materias primas baratas y territorios que sirvan de reserva para diversos usos; por otra parte, el estatus de la democracia es diferente en países donde la revolución liberal, burguesa y democrática se llevó a cabo hace más de dos siglos que en donde tal revolución fue un breve intento o no existió en absoluto. Pero por encima de todas estas diferencias está el hecho fundamental de la concentración de todos los poderes en manos de un grupo cada vez más reducido de personas, corporaciones y empresas, una plutocracia mundial que inevitablemente irá aumentando los sistemas de control y dependencia, anulando los límites impuestos por el sistema democrático y convirtiendo los derechos humanos y la legalidad internacional en un cruel sarcasmo. Y aquí tenemos la prueba: en la actualidad la extrema derecha y el autoritarismo avanzan en todos los continentes, comenzando por la democracia más antigua de los tiempos modernos.

El sueño de la Ilustración, la madurez del género humano, la democracia, parece estarse extinguiendo paralelamente a la extinción de nuestra especie. No nos salvaremos si no salvamos nuestro sueño porque la alternativa es la pesadilla de la irracionalidad, la violencia y el exterminio.

¿Por qué no está funcionando la democracia? ¿Cuál es la causa de su debilidad y su descrédito? Creo que se debe fundamentalmente a la confluencia de tres factores:

A.              El desarrollo de un sistema económico que confundió la economía con la producción industrial destinada al incremento de las fortunas particulares, con un mínimo o nulo retorno social y con un deterioro brutal de los recursos naturales.

B.              La conversión de los partidos políticos y las instituciones democráticas en un criadero de burócratas privilegiados, el hiperliderazgo, la jerarquización burocrática, la patrimonialización de la política, con la autoconcesión de privilegios y prebendas que a su vez favorecen sistemas endogámicos y corruptos…

C.               Los errores ideológicos: El dogmatismo que da lugar al sectarismo: anula el sentido crítico e impide forjar alianzas o llegar a acuerdos razonables. En su manifestación más extrema da lugar al fanatismo, creador de aberraciones de la inteligencia y de horrores históricos. También asociados a ellos se dan el supremacismo y el negacionismo (los nuestros son superiores, lo que no cuadra con nuestros esquemas no existe…). Hay diversos tipos de supremacismos: nacionalista, intelectual, racial, cultural, moral, de género, de clase social… La izquierda y la derecha comparten algunos y se especializan en otros. La extrema derecha a todos estos supremacismos añade el expansionismo imperialista y el belicismo. Es especialmente grave el negacionismo de los conocimientos científicos y especialmente del cambio climático, impulsado a través de las redes por la oligarquía económica que desea mantener su poder a cualquier  precio.

La conquista de una democracia regenerada y global.

Y en este caso el orden es relevante: si no regeneramos las democracias actuales no podremos generalizarlas, y si no se generalizan, no podremos asegurarlas y fortalecerlas. Este es el punto de partida; supone establecer la jerarquía de la política sobre la economía, de la sociedad sobre las élites. Sin esto no hay esperanza de que se produzca una transición pacífica a un modo de vida nuevo que permita evitar la destrucción de nuestro hábitat y la de nuestra especie. Pero sucede como con los sistemas comunista y capitalista del s.XX, que no nos valen ni el tipo de políticos que tenemos ni el tipo de políticas que han desarrollado y desarrollan hasta el presente.

Izquierda y derecha no son términos que entusiasmen  hoy más que a los fanáticos o a los que tienen intereses específicos en el sistema; igual que en economía, también necesitamos en política algo nuevo, algo que funcione. Las izquierdas y las derechas actuales no nos sirven porque comparten, con matices diferentes, los mismos errores y los mismos vicios.

La nueva política ha de partir de recuperar y garantizar el carácter de servicio frente al de privilegio en el desempeño  de los cargos públicos, con garantías para su funcionamiento e independencia y con un férreo control de sus ingresos. La nueva política ha de tener un compromiso real con los principios de la legalidad internacional, con los tratados que desarrollan la DUDH y con las decisiones que los expertos dictaminen sobre la conservación de la naturaleza, la sanidad global y la solidaridad internacional para evitar las catástrofes medioambientales y sociales que están asolando a los países más empobrecidos, encerrados en un ciclo fatal de corrupción, conflictos y guerras que hacen inviable el esperanza de una vida digna y fuerzan a sus poblaciones a una emigración desesperada (de la que se lucran las mafias ligadas al poder local).

No esperéis esa nueva política de las élites que nos dominan ni de los políticos que las representan. Nosotros mismos hemos de construirla.

¿Entonces, ni izquierda ni derecha?

Por una parte resulta evidente que no nos están sirviendo ni las izquierdas ni las derechas predominantes hasta este momento, por otra hay que tener cuidado con plantear así este dilema, porque siempre se ha acabado por resolverlo virando hacia la extrema derecha y hacia la demagogia más embaucadora y corrupta. Hay un tercer elemento a considerar, y es que la magnitud y universalidad de nuestros problemas actuales exigen la transversalidad, la concurrencia de diferentes puntos de vista y sensibilidades para conseguir el máximo de consenso y cooperación frente a una transformación cultural que probablemente sería la mayor desde el Neolítico. Así pues, como en el caso de la economía también en la política hay que integrar lo mejor de las distintas tradiciones políticas, sobre todo lo que se corresponde con los principios e idearios que históricamente han confluido en las constituciones democráticas que dieron paso a la Edad Contemporánea y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Pero lo que estamos viviendo en la actualidad es justo lo contrario: una nueva polarización (que no es sino una versión de la anterior) en la que los partidos democráticos de la derecha están siendo sobrepasados por la nueva extrema derecha, tan fanática, supremacista y militarista como la antigua,  y los partidos de la izquierda no encuentran  un discurso capaz de hacer creíble un futuro mejor que el presente ( y eso que el presente es una mierda). Unos  observan con perplejidad la emergencia de los nuevos regímenes autoritarios en las antiguas patrias del “socialismo real” mientras que otros contemplan, con no menos perplejidad y espanto, cómo sus votantes tradicionales, tolerantes, demócratas y partidarios del Estado del Bienestar, se pasan a las filas del extremismo y la intolerancia, se refugian en liderazgos demagógicos, en la ignorancia voluntaria y en teorías y creencias delirantes. En realidad estos partidos tradicionales de la izquierda y la derecha solo están sostenidos por la fuerza, cada vez más débil,  de la  antigua polarización; son  incapaces de afrontar la decadencia del sistema que ellos mismos han provocado; necesitamos una nueva política basada en un nuevo consenso con un objetivo tan imprescindible como la supervivencia en dignidad de nuestra especie, necesitamos la globalización los derechos humanos, la democracia y la administración responsable del bien común de los seres humanos en un medio natural saludable para nosotros y nuestros descendientes.

 La racionalidad como instrumento para construir un consenso.

¿Quiénes somos nosotros? ¿Seremos suficientes? Pues somos la humanidad consciente y solidaria esparcida por todo el planeta, a veces unida en torno a distintas empresas cívicas y otras sumida en la perplejidad y la impotencia, y solo sabremos si somos suficientes si nos unimos y empezamos a actuar.

Nuestro primer instrumento, como en tiempos de Kant, es la racionalidad. Evidentemente me refiero a la racionalidad crítica, analítica, respetuosa de la lógica y de los datos objetivos; esta racionalidad tiene dos manifestaciones fundamentales para nuestra supervivencia y prosperidad: el conocimiento científico y el desarrollo de una conciencia moral, que dan lugar, a su vez, a la tecnología y a la Legalidad Universal basada en Los Derechos Humanos. Fuera de esto, ¿qué hay? 

Pues hay otro mundo, otra humanidad, otra racionalidad y otro consenso creados a partir de la propaganda del poder, es el mundo que niega o quita importancia al desastre medioambiental aunque lo tenga en frente, aunque le esté ahogando o quemando sus propiedades, el que piensa que la culpa es de los emigrantes o de algunos seres extraños que predican altruismo, que podemos consumir sin límites ni consecuencias o que podremos escapar a Marte con otro mamarracho soberbio y delirante.

Evidentemente, dos racionalidades opuestas no pueden tener a la vez razón (valga la redundancia) y parece que está ganado la segunda. El motivo es triple: Por una parte, claro, está la ocupación de todos los medios que administran, seleccionan, ocultan, manipulan o fabrican la información que se proporciona a las grandes masas. En el imperio de los mamarrachos ya se ha legalizado la mentira manifiesta ¡en nombre de la libertad! El sometimiento del dueño de Meta a los intereses de ese imperio ha alcanzado vergonzosos niveles casi pornográficos. Una imagen de lo que nos espera. El segundo motivo es que esta propaganda de los medios desarrolla un condicionamiento social elaborado a lo largo de decenios por un sistema  económico basado en el egoísmo, el aislamiento del individuo y el consumismo. Y en tercer lugar, pero no menos importante, está la decadencia, la debilidad y la impotencia de un pensamiento alternativo, la dispersión de esa racionalidad consciente y solidaria capaz de crear una esperanza razonable. Vencer no es convencer, pero tampoco tener la razón implica la victoria; por eso necesitamos dotar de fuerza a nuestra razón, unirnos no solo para convencer sino también para vencer.

La unidad y la fuerza

Hay algo que no consigo explicarme: después de leer multitud de libros, informes y documentos, asistir a conferencias, participar en movilizaciones y afiliarme a un puñado de ONGs, sigo esperando que alguien, con alguna relevancia social que yo no poseo, plantee un confluencia social y política internacional para cambiar las cosas. Y mientras tanto, la extrema derecha está creando su propia internacional con  poderosísimos medios económicos: ¿va a tener que gestionar la ultraderecha el inminente desastre global provocado por el cambio climático y los demás deterioros medioambientales? Pues este es el futuro si esa humanidad consciente y solidaria no logra organizarse y articular una propuesta ilusionante. 

Han habido en tiempos recientes numerosos movimientos de masas por la democracia y los derechos humanos y en defensa del medio natural que trascendían las fronteras y hacían referencia a un nuevo marco económico y social. Expertos de todos los terrenos, dirigentes sociales y políticos, científicos e intelectuales de prestigio han reclamado, de manera más o menos explícita, una gobernanza mundial y democrática, provista de las instituciones y medios suficientes para emprender las transformaciones necesarias en la economía global para nuestra supervivencia y  para el mantenimiento de la paz y el respeto a los derechos humanos. Lo que me llama poderosamente la atención es que no se haya constituido ya ni siquiera el embrión de una organización internacional, mundial,  que articule y movilice esa conciencia de cambio presente en una gran parte de la población. Existe una multitud ingente de activistas, personas honradas, conscientes y solidarias, cada una de ellas volcadas en su parcela de actividad y su ámbito geográfico, todas ellas respondiendo a la famosa consigna: “piensa en universal y actúa en particular”, pero esa consigna es hoy claramente insuficiente, porque para que nuestra tarea sea efectiva a nivel particular necesitamos actuar simultáneamente a nivel universal, porque las causas de todos nuestros problemas colectivos son universales, y lo son las medidas que hay que tomar y los obstáculos a los que hay que enfrentarse. Reclamar un cambio global de esta magnitud y esperarlo como consecuencia de una simple suma de acciones individuales o locales es demasiado ingenuo. La tarea que se nos presenta es titánica, pero imprescindible: sustituir el “América primero” (o Alemania, Italia, España, Cataluña…) por el bien común de toda la humanidad, la prioridad absoluta del negocio corporativo y el consumismo por la salud y un modelo económico justo y respetuoso con el medio natural, el enfrentamiento bélico y las dictaduras por el Derecho Internacional y la implantación real de los derechos humanos y la democracia.

Sea  cual sea el nombre y estructura que le demos, necesitamos urgentemente organizarnos como pueblos y como personas conscientes en un movimiento global por una Democracia Mundial. 

 

 

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