¡DEMOCRACIA MUNDIAL YA! (Un cambio necesario, urgente y radical)


¿Qué le queda a esto?, ¿diez, quince años? ¿Cuántos discursos de políticos, manifiestos de intelectuales, graves advertencias de los científicos, multitud de peticiones abaladas con firmas, millones de oraciones y lamentos caben en estos años? Pero si verdaderamente no se puede hacer más, ¿por qué hacer ni siquiera esto? Neutralizar con estos trucos la mala conciencia no nos va a salvar de la catástrofe.

Tengo 67 años. También a mí me molesta la mala conciencia; no soy un modelo de ejemplaridad cívica y moral. Pero lo que verdaderamente me duele es, simplemente, la conciencia; la conciencia de la estupidez que nos arrastra hacia el desastre y a la vez nos obliga a esperarlo fingiendo que no pasa nada para poder llevar a cabo nuestra rutina cotidiana: llenar el carrito de la compra de productos plastificados, encender el aire acondicionado para que no sintamos ni frío ni calor y sacar a pasear a nuestras mascotas. ¡Qué bien viven los tontos!, pienso; los tontos de verdad y los voluntarios. No pretendo insultar a nadie, simplemente expreso en voz alta un triste razonamiento: si no se puede cambiar una realidad funesta, lo mejor es ignorarla.

¿Pero, no se puede cambiar? Esta es la parte de mi conciencia que más me duele, porque sé positivamente que sí se puede cambiar, y a la vez sé que el cambio necesario es difícil, muy difícil, por dos motivos fundamentales: es urgente y ha de ser radical; y ambas características chocan contra otra realidad: la realidad psicológica y social del ser humano actual, quizás del ser humano de siempre.

¿Urgente?, ¿qué puede ser más urgente que lo cotidiano, lo inmediato, lo del frigorífico y el fin de semana? Vivir al día es la consigna de los pobres y de los ricos, con la única diferencia de que los segundos tienen que contratar a alguien que se ocupe de su patrimonio. En el fondo y a pesar de las evidencias y del sentido común no queremos creernos que el planeta es finito, que sus recursos son limitados, que tenemos que compartirlos con los demás seres vivos porque sin la biodiversidad nuestro ecosistema colapsará indefectiblemente.

¿Radical? ¡Qué miedo! ¡Igual tenemos que cambiar algunos de nuestros preciados hábitos de consumo que ya son parte de nuestra intimidad; estos hábitos que quizás estén por encima de nuestro código genético y nuestro instinto, que posiblemente hayan secuestrado  nuestra personalidad, y es por eso algunos les llaman libertad!

Pero hay una circunstancia en la que estas inercias se debilitan: cuando el médico te conmina a cambiar de hábitos o a dar por finalizada tu existencia. Y aún así habrá una parte de ti que se niegue a admitir la realidad (fase de la negación) o que trate de posponer sus consecuencias indefinidamente (negociación) o que sucumba ante un pesimismo paralizante (depresión).

El médico de la humanidad ya ha hablado. Ese médico se llama conocimiento científico. Hay una abrumadora base de datos objetivos, contrastables, evidentes que demuestran el letal aumento de la contaminación en el aire, el agua y los nutrientes. Por si esto fuera poco, está el cambio climático ya en marcha en los diversos puntos del planeta y que en unos pocos lustros será irreversible. El conjunto formado por la contaminación, la eliminación de la biodiversidad y el cambio climático formarán un ciclón devastador que arrasará todos los sistemas de nuestra cultura (economía, organización política, servicios sociales…) y todos los parámetros de nuestra existencia (alimentación, salud, seguridad…) ¿Quién espera mejorar sus condiciones de vida en un panorama como este? ¿Qué herencia, por muy cuantiosa que sea, pondrá a salvo a nuestros herederos de este desastre? Hay que elegir: negar, aplazar, deprimirse… o actuar.

El cambio necesario, necesariamente urgente, necesariamente radical, está bien definido por un amplio consenso científico del que solo discrepan el conjunto de voceros y sicarios del sistema económico mundial a sueldo de los privilegiados de ese sistema: las grandes corporaciones, los emporios financieros, las élites político – económicas corruptas. Ese consenso tiene tres condiciones fundamentales:

. Constituir un nuevo orden económico mundial que se fije como primer objetivo la supervivencia de nuestra especie en condiciones de dignidad y en un entorno natural viable, de acuerdo con los artículos 28, 29 y 30 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU.

. Esto implica un traspaso del control de la economía mundial de las manos de un puñado de corporaciones y empresas a la de organismos democráticos de carácter global que regulen la actividad económica en virtud de los objetivos comunes de supervivencia, sostenibilidad y justicia para toda la humanidad.

. Naturalmente ello exige el desarrollo de una gobernanza democrática mundial y la simultánea construcción de democracias reales o integrales en los países en donde ya hay un respeto básico a los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, así como la creación de las mismas allí donde esos derechos no existen o tienen severas limitaciones.

Si esto os parece demasiado, haceros estas tres preguntas:

¿Qué medida de gran alcance y de carácter global se pueden llevar a cabo sin estos requisitos?

¿Tenemos tiempo para otro tipo de medidas de más lenta ejecución?

¿Qué otras alternativas son deseables y posibles?

Una utopía necesaria.

Algunos criticaran esta propuesta calificándola de utópica, como si eso fuera, en sí mismo, una descalificación. Y no lo es. Utopía es un lugar al que necesitas llegar pero que te dicen que no existe. Y te lo dicen desde una posición de poder. Utopía es ser adulto cuando eres niño o niño cuando eres adulto, utopía es querer amar y ser libre, buscar tu paz interior, encontrar la armonía con tu medio social y natural. Todas las grandes ideas son utopías: amor, libertad, justicia, democracia, belleza, salud, armonía, plenitud… Las utopías son sueños que sirven para estar despiertos, para vivir queriendo, para escapar del sopor aniquilador de la rutina, del fatalismo, de la degradación moral, de la sumisión al poder. De manera más simple, tener una utopía es tener un lugar a donde ir.

 Hay utopías buenas, malas, regulares, pero las hay que son simplemente necesarias;  son aquellas que no tienen alternativa. No atreverse a soñar el futuro es renunciar a él, es ponerse en manos de nuestros enemigos o de lo más tonto de nosotros mismos.

La RAE define así en su diccionario la palabra utopía: “Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. Todos los derechos contenidos en la DUDH han sido utopías durante siglos y milenios, así mismo lo han sido los derechos y libertades contenidos en la inmensa mayoría de las constituciones vigentes. Se da la paradoja de que los que desautorizan este proyecto, que no hace sino reclamar el cumplimiento de la legalidad internacional, suelen ser los mismos que sacralizan la legalidad en los aspectos exclusivos que les interesan, aquellos que se refieren a sus bienes y a la libertad absoluta de disponer de ellos a su gusto e interés.

¿Pero hay otras alternativas más fáciles, practicables y deseables? Yo solo conozco tres; las tres pertenecen al capítulo de la fe:

. La fe en el milagro tecnológico, que no es sino una prolongación de la fe en el mito del crecimiento ilimitado en un planeta de recursos limitados. Nuestra supervivencia  ha estado ligada desde siempre ligada a la tecnología, pero la tecnología no es un ser sobrenatural, es un instrumento cuya eficacia depende de el modo en que se utiliza. Esto se pone en evidencia en el hecho de que culturas con tecnologías poco complejas consiguieron una estabilidad y calidad de vida muy superiores a otras con tecnologías mucho más complejas. El despilfarro, la irracionalidad, injusticia y conflictividad que soportamos en la actualidad convive con una tecnología impresionante. Más progreso tecnológico puede derivar en más destrucción y dolor si no hay un progreso moral, intelectual y político.

. La fe religiosa. Sin duda las religiones responden a una dimensión profunda e irrenunciable del ser humano, su dimensión espiritual que le lleva a trascender su existencia inmediata y a proyectarse en una realidad superior a la presente; una realidad más bella, más justa, mejor. Pero la fe religiosa, como dice un prestigioso teólogo, necesita justificarse a sí misma, dar testimonio, con hechos, de esa realidad superior que le sirve de inspiración. En este sentido, las religiones podrían y deberían colaborar en este empeño que consiste en hacer real lo que la humanidad trabajosamente ha conseguido consensuar como lo bueno, como la base de la moral cívica y de la legalidad universal; ahora bien, solo podrán hacerlo desde el respeto a la pluralidad y  en el marco de un consenso democrático. Justificar desigualdades e injusticias, santificar guerras y agresiones, ejercitar la intolerancia, la crueldad, la inmisericordia, no pueden ser testimonio más que de la barbarie humana, de lo peor de nuestra naturaleza.

. La fe en el liderazgo autoritario, refugio de la inseguridad personal, de la inmadurez, de la pereza mental. La historia nos da un claro testimonio de las cumbres de miseria moral que ha alcanzado la humanidad con personajes de este tipo.

Pero también hay otra fe, porque la fe es necesaria, y porque la utopía también es una fe, se trata de la fe racional, la fe razonable, la que se basa en datos objetivos y en argumentos lógicos, la que se proyecta hacia el futuro a partir de los conocimientos científicos y de la capacidad estética y moral, la que busca la excelencia y se rebela contra las inercias paralizantes y destructivas que son la muerte del espíritu y de la razón.

Las fes fanatizadas y las creencias irracionales están demostrando toda su capacidad disgregadora y generadora de conductas absurdas con motivo de la actual pandemia: en lugar de presionar a los gobiernos y a las grandes corporaciones de la industria farmacéutica para que generalicen las vacunas y refuercen la investigación y los recursos sanitarios con carácter universal, como ha pedido la OMS y reclaman todos los expertos sanitarios y el propio sentido común, movimientos histéricos e irracionales, inspirados en el negacionismo, que reivindican la libertad como capricho frente al derecho a la salud, que ven conspiraciones o castigos en lo que es un fenómeno natural repetido a lo largo de la historia e intensificado por las circunstancias de la actual globalización, llenan las calles de multitudes vociferantes. Los dos principales recursos frente a esta pandemia han sido los servicios sociales y la ciencia. Esto, que es lo positivo, solo se refiere a una parte de la población humana; ni la asistencia sanitaria ni las vacunas han llegado a la mayoría de la población mundial, solo a aquellos países con determinadas condiciones de desarrollo económico. ¿Cuál es la consecuencia?: En esas poblaciones con menos recursos, convertidas en excelentes y amplísimos reservorios, las mutaciones de los virus están neutralizando los esfuerzos sanitarios y económicos de los países más desarrollados y amenazan con sumir en un caos sanitario y social a todo el conjunto de la humanidad. A pesar de las reclamaciones constantes y unánimes de los expertos sanitarios y de la OMS no hemos sido capaces de proteger al toda  la población humana ni siquiera por nuestro propio interés. No es la ciencia ni el estado asistencial el que están fallando, es la insolidaridad, el egoísmo, la descoordinación entre las naciones y el predominio absoluto de los intereses corporativos. Por lo visto, este virus tiene otro aliado, el virus de la estupidez humana. Y también es contagioso.

A estas alturas del siglo XXI doy por sentado que toda persona con una formación media o elemental y no privada  del uso de razón por trauma o enfermedad tiene los suficientes elementos a su alcance para juzgar la gravedad de la tesitura actual.  En el verano de este año (2021) se han hecho públicas las últimas conclusiones del IPCC ( el Panel Internacional para el estudio del Cambio climático):

- El principal agente del cambio climático es la actividad humana (el modelo de producción, distribución y consumo).

- Se han producido ya cambios que alteran nuestra salud y comprometen nuestra supervivencia y que solo serán reversibles en periodos de tiempo de siglos o milenios.

- Si el proceso de emisión de gases precursores del calentamiento global no se paraliza e invierte antes del 2050 esta amenaza a nuestra supervivencia se convertirá en un hecho irreversible. En este sentido serán decisivas las decisiones que se tomen en la próxima década.

- Los eventos extraordinarios relacionados con el nivel del mar, el descongelamiento del permafrost y las alteraciones climáticas son amenazas inmediatas de incalculables consecuencias.

 Corroborando estos estudios, el planeta ha contemplado este verano temperaturas propias del desierto africano en el Canadá, olas de calor que han superado todos los registros anteriores en multitud de lugares, tormentas e inundaciones de inusitada gravedad, incendios gigantescos. A finales de este año, hemos batido, en la península Ibérica, todos los records de altas temperaturas invernales desde que existen registros, aquí y en otros lugares se han multiplicado los incendios e inundaciones descomunales, tormentas de nieve de intensidad desconocida, hambrunas por sequias desoladoras. No hay ni un solo experto en climatología que no vincule estos fenómenos con el cambio climático.

Pero con esto del cambio climático pasa como con la actual pandemia: Cuando debería haberse reforzado una conciencia global crítica y solidaria, asistimos a la sorprendente emergencia de la irracionalidad negacionista, de los delirios conspiranoicos y las reivindicaciones histéricas de una libertad egoísta e infantil, que desprecia cualquier consideración y análisis situados más allá de su ombligo ideológico o de su estatus social. Y todo ello en sospechosa connivencia con el pensamiento más reaccionario y elemental, adornado a veces de colores libertarios y de rebeldía antisistema y difundido por potentes canales de manipulación y propaganda, detrás de los cuales hay elementos tan significativos como la mafia rusa en el poder o la no menos mafiosa actividad del movimiento ultrarreaccionario de Steve Bannon, que ha hecho de las fake news todo un sistema copiado del aparato de propaganda nazi de los años 30, ambos aliados en un mismo empeño: confundir, dividir y alejar el malestar popular de los auténticos responsables de nuestros problemas medioambientales y sociales, los oligarcas económicos que manejan la economía y la política a nivel mundial. Y ellos son el modelo de multitud de movimientos ultranacionalistas, integristas y fanáticos de diversa ralea extendidos por todo el planeta, todos ellos cómplices de un poder que solo aspira a permanecer hasta las últimas consecuencias gestionando el cataclismo mundial. La frustración, la inseguridad y el miedo se canalizan hacia la nación, la religión o la raza como elementos catalizadores. Debido a esto contemplamos la siniestra paradoja de que las calles se llenan de confusos elementos movilizados por este tipo de actores al servicio de los intereses del sistema económico mundial mientras los que creemos en la necesidad de un modelo alternativo estamos divididos, paralizados  y desalentados. ¿Dónde está la humanidad consciente y solidaria? Decían los clásicos que el peor mal es la ignorancia, pero está claro que no basta con el conocimiento: después de la ignorancia el peor mal es la indiferencia.

Los hechos frente a las mentiras.

Los hechos se acaban imponiendo siempre ante las mentiras, lo que ocurre es que a veces es demasiado tarde.

Es mentira que el egoísmo acumulativo del capital sea la única forma de progreso económico, es mentira que el actual modelo de consumo sea razonable y sostenible, es mentira que ambos elementos sean el sustento de la democracia y que permitan avanzar en la dirección de un mundo más seguro, próspero e igualitario. La realidad es que avanzan el ecocidio, la injusticia, la desigualdad y la inseguridad globales. Esto es lo que nos dicen los hechos, los datos y los estudios de expertos económicos como Piketti y J.E. Stiglitz, el IPCC y los diversos organismos de la ONU que se ocupan de estos temas: la OMS, El Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, El Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos…

Recientemente el Secretario General de la ONU ha denunciado el incremento de la pobreza y la desigualdad como  “una pandemia de abusos contra los derechos humanos”; esta pandemia es consecuencia de la fusión del cambio climático con el tratamiento desastroso de la actual pandemia vírica a nivel mundial, tratamiento mediatizado por los intereses de las grandes empresas farmacéuticas que se anteponen a la salud global. El Papa Francisco se ha pronunciado varias veces en el mismo sentido, pero los líderes políticos son incapaces de enfrentarse a esos intereses corporativos y defender el interés común de los ciudadanos.

La acción frente a la pasividad.

Antes he aludido a la teoría del intelectualismo moral: la ignorancia como el origen de todos los males; pero cuando las calles se llenan de idiotas, los sabios, los buenos, tienen que hacer algo más que rezar o escribir libros y manifiestos: hay que unirse, organizarse y actuar. Ya se hizo en el pasado: En el s. XIX, cuando el capitalismo explotaba a los trabajadores de manera brutal e inhumana, la  unión internacional de los trabajadores consiguió el acceso de las masas asalariadas a los derechos políticos y laborales y el desarrollo de unos servicios sociales que son la basa del llamado “Estado del bienestar”. Hoy el desafío no es de una clase social ni de una ideología, el desafío es la supervivencia de nuestra especie amenazada por el poder de las corporaciones y su inercia suicida: o les arrebatamos el poder o nos hundimos con ellos en el abismo. Necesitamos un Gobierno Democrático de la Humanidad que organice todos los aspectos de nuestra convivencia de acuerdo a los intereses y necesidades comunes, que lleve a cabo el desarrollo real de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que corrija el brutal deterioro que el actual sistema económico está ocasionando en nuestro hábitat y en nuestra salud; debemos crear una Internacional de los Pueblos para la Democracia Mundial donde podamos unirnos y concentrar nuestros esfuerzos todos los ciudadanos conscientes y solidarios, todas las organizaciones humanitarias, todos los organismos que luchan por conseguir estos objetivos.

Imagina.

Vivimos sumidos en el catastrofismo, por eso es fácil imaginar distopías, futuros llenos de horror y miseria. Series de televisión, películas, novelas, comics, multiplican esas imágenes como preparándonos para el inminente desastre como si este fuese inevitable. Y lo es, si no somos capaces de imaginar otra cosa, si seguimos haciendo lo mismo que hasta ahora. Por eso te sugiero que imagines:

. Los inmensos recursos disponibles a partir de la eliminación de los paraísos fiscales y un sistema de impuestos justos para las transacciones financieras, las corporaciones y las grandes fortunas. Justo es lo que pagamos de media los ciudadanos asalariados o autónomos y las pequeñas y medianas empresas, justo es también el principio de que el que contamina debe pagar para neutralizar los efectos del daño causado en la propiedad común que es nuestro hábitat natural.

. Las ventajas para la seguridad, la paz mundial, la justicia y la democracia, de una Gobernanza Democrática Mundial, con instituciones propias, como las que ya tiene la ONU pero con autonomía económica, poder real y control democrático.

Imagina una humanidad que se autogobierna guiada por lo mejor de sí misma: el conocimiento y la empatía. Si no lo imaginas no existe.

 

 

 

 

 

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